México, España y la política de la culpa - Entrada 4 — La paradoja de la identidad: quién reclama y desde dónde


 

México, España y la política de la culpa

Entrada 4 — La paradoja de la identidad: quién reclama y desde dónde

En el debate público sobre la Conquista suele aparecer un “nosotros” y un “ustedes” que, al ser examinados con calma, se deshacen como construcciones retóricas. “Nosotros, los mexicanos, exigimos disculpas a ustedes, los españoles”. Pero ¿quiénes son exactamente ese “nosotros” y ese “ustedes”? ¿Qué continuidad histórica se presupone entre los actores del siglo XVI y los ciudadanos del siglo XXI? ¿Qué genealogía se invoca y cuál se oculta?

La paradoja es evidente: quienes hoy reclaman disculpas no son, en su mayoría, los descendientes directos de los pueblos sometidos por la Triple Alianza mexica ni las comunidades indígenas que siguen viviendo en condiciones de marginación. Son, más bien, las élites urbanas, mestizas o criollas, herederas de la estructura política que nació tras la independencia. Son los descendientes de quienes ocuparon el poder durante el virreinato y lo conservaron, con otros nombres, durante la república.

Los conquistadores no regresaron a España. Se quedaron en el territorio, se mezclaron, fundaron linajes, ocuparon cargos, administraron tierras y construyeron la arquitectura social que, con variaciones, ha llegado hasta hoy. La población española contemporánea no desciende de ellos. Desciende de quienes nunca cruzaron el Atlántico. La continuidad biológica y cultural de la Conquista está en México, no en España.

Y, sin embargo, el discurso político invierte esta realidad. Se presenta a los españoles actuales como herederos directos de los conquistadores y a los mexicanos contemporáneos como representantes de un pueblo indígena homogéneo que habría sufrido pasivamente la irrupción europea. Es una ficción identitaria útil para la retórica, pero insostenible desde la historia.

La identidad nacional mexicana, tal como se consolidó en los siglos XIX y XX, se construyó sobre un mestizaje profundo. La mayoría de los ciudadanos actuales no son descendientes de los mexicas, sino de una mezcla compleja de pueblos indígenas, colonos españoles, migrantes europeos posteriores y poblaciones afrodescendientes. La idea de un “México indígena” enfrentado a una “España conquistadora” es una simplificación que borra la diversidad real del país.

Pero la paradoja no termina ahí. Las comunidades indígenas vivas —las que conservan lenguas, tradiciones y estructuras propias— no suelen ser las protagonistas de este debate. No son ellas quienes exigen disculpas. Sus preocupaciones son otras: acceso a la tierra, servicios básicos, reconocimiento jurídico, protección cultural. Para ellas, la Conquista es un episodio remoto, mientras que la marginación contemporánea es una realidad inmediata.

El discurso del agravio colonial, por tanto, no surge desde abajo, sino desde arriba. No nace de la experiencia indígena, sino de la necesidad política de ciertos sectores de redefinir la identidad nacional en clave de confrontación. Es una narrativa que permite desplazar hacia un pasado remoto responsabilidades que pertenecen al presente. Si la desigualdad actual es consecuencia directa de 1521, entonces el Estado contemporáneo queda exonerado de su propia historia de exclusión.

La paradoja de la identidad revela así una verdad incómoda: la exigencia de disculpas no es un acto de memoria histórica, sino un ejercicio de construcción simbólica. No busca reparar un daño real, sino consolidar un relato útil. Y ese relato, al simplificar la complejidad del mestizaje y al invisibilizar a los indígenas vivos, termina reproduciendo la misma lógica de exclusión que dice combatir.

Comprender esta paradoja es esencial para avanzar hacia un diálogo honesto. La historia no puede ser un espejo deformante donde cada cual proyecta sus fantasmas. Debe ser un espacio de lucidez, donde las identidades se reconozcan en su complejidad y donde el pasado deje de ser un arma para convertirse en un conocimiento compartido.

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