CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA (Crónica número 2)


 

CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA 

(Crónica número 2)

LA SEGUNDA DESTRUCCIÓN DE UXAMA

Hubo un tiempo en que Uxama, la orgullosa ciudad de los arévacos, volvió a nacer tras su primera destrucción. No con fuego ni espada, sino con piedra tallada, mosaico brillante y agua conducida desde las entrañas del Cañón de Rio Lobos. La tierra que una vez resistió a Roma en las guerras celtibéricas, ahora se abría a su arquitectura, a sus leyes, a su lengua. Pero no olvidaba.

Los nuevos caminos traían comerciantes de Caesaraugusta, artesanos de Emerita, sabios de Corduba, que traían palabras escritas y saberes antiguos. Las casas crecían en torno a patios floridos, las termas humeaban en las mañanas frías, y el foro resonaba con voces de Hispania entera. Ahora Uxama Argaela se alzaba como ciudad federada, reconocida por Roma pero fiel a su raíz celtíbera.

La historia de Uxama volvía a entrelazarse con la Historia de Roma. Pero esta vez, no como víctima, sino como aliada. Y en el corazón de esa alianza, latía una casa, una promesa… y un amor, como veremos en la segunda crónica encantada del Burgo de Osma.

Pero antes de entrar en ella, echemos una vista de pájaro sobre Uxama Argaela, la nueva ciudad arévaca y romana.

Los romanos eran maestros del agua. Desde las fuentes cercanas al cañón del río Lobos, construyeron canales subterráneos y cisternas que llevaban el agua hasta la ciudad.

En Uxama había acueductos que eran canales elevados o enterrados que transportaban el agua por gravedad. Había cisternas como grandes depósitos donde se almacenaba el agua para las casas y las termas. También Fontes o fuentes públicas, donde los vecinos llenaban sus ánforas y compartían noticias del día. Y termas, que eran los baños públicos con salas frías, templadas y calientes, donde se lavaban, conversaban y soñaban.

En lo alto del promontorio, junto a la cisterna que recogía el agua de los ríos Lobos y Ucero, se había construido una casa distinta. No por su tamaño, sino por su espíritu. La llamaban la domus de Plinio, no por el naturalista, sino por el sabio que recogía la memoria como otros recogían agua. Allí se conservaban tablillas con la historia de los pueblos del Alto Duero, y en su atrio se enseñaba a los niños a leer los signos del cielo y del pasado.

Las domus romanas de las personas influyentes eran más que viviendas, eran un mundo en miniatura. Y la casa de Plinio era una de ellas, tenía un atrio: un patio central con un pequeño estanque donde caía el agua de lluvia. Allí se recibía a los visitantes. También tenía peristilo, un jardín interior rodeado de columnas, con plantas aromáticas y una fuente que murmuraba historias. Y triclinio o comedor, donde se celebraban banquetes, con los comensales tumbados en divanes, con platos de miel, queso, pan de bellota y vino especiado. La casa también tenía biblioteca con estantes de madera y tablillas de cera y rollos de pergamino, donde Plinio escribía sobre los arévacos y enseñaba a los niños. Y finalmente, cubicula que era el nombre de los dormitorios, habitaciones sencillas pero decoradas con frescos de animales sagrados y constelaciones que guiaban a los antiguos.

Cada sala tenía un propósito, pero también un valor: el atrio era la hospitalidad, el peristilo la sabiduría, el triclinio la alegría, la biblioteca la memoria, y los cubículos el descanso.

El agua en la arquitectura romana no era solo limpieza: era símbolo de vida, de unión, de promesa. Por eso, en la casa de Plinio, la fuente del jardín era sagrada. Allí se selló el pacto de Uxama con Sertorio, y allí nació el amor entre Marco y Livia, cuyas vidas entrelazadas darán forma a esta crónica encantada, que fue escrita en aquellos días inciertos, cuando la tinta temblaba como las fronteras de la República; fue entonces cuando llegó a Hispania desde Roma un hombre especial, Quinto Sertorio, exiliado, rebelde, pero justo. Prometió libertad a los pueblos que Roma había sometido, y muchos lo siguieron. Y fue esa promesa de libertad la que encendió la llama de la lealtad en ciudades como Uxama.

Quinto Sertorio se convirtió en una figura legendaria en Hispania. Exiliado tras la victoria de Sila en Roma, llegó a la península alrededor del 83 a.C. y organizó una resistencia que duró casi una década.

Pero lo que lo hizo especial fue su alianza con los pueblos hispanos, especialmente los celtíberos, a quienes trató con respeto y ofreció una alternativa al dominio romano. También fue suya la creación de un Senado hispano en Osca (actual Huesca), con instituciones que imitaban las romanas, pero con participación local. Y, sobre todo, lo que le ganó la lealtad de los pueblos ibéricos, fue la promesa explícita de libertad para Hispania, lo que le convirtió en símbolo de esperanza para ciudades como Uxama, que se mantuvieron leales incluso frente a la amenaza de destrucción.

Su figura se rodeó de leyenda: se decía que tenía una cierva blanca como consejera, que hablaba con los dioses, y que era un estratega brillante. Finalmente, la historia nos dice que fue asesinado por traición interna encabezada por Marco Perpenna, uno de sus propios comandantes. como el héroe Viriato, traicionado por quienes compartían su mesa; pero su legado quedó como el de un romano que soñó con una Hispania libre.

Sertorio y sus aliados habían reunido hasta 60.000 infantes y 8.000 jinetes para luchar contra los generales optimates enviados por Roma, Quinto Metelo Pío y Cneo Pompeyo Magno, que comandaban más de 10 legiones combinadas.

Pompeyo Magno, con poderes del Senado para sofocar la resistencia sertoriana, aprovecha la desorganización tras la muerte de Sertorio para avanzar por Hispania, arrasando las ciudades que apoyaban a Sertorio, como Valentia y otras, consideradas enemigas por Pompeyo.

Uxama fue probablemente destruida en torno al 72 a.C., una vez que Pompeyo consolidó el control romano en la región.

En ese contexto histórico se escribió la crónica que sigue, sobre la segunda destrucción de Uxama. Pero, ¿por quién?; el propio autor nos lo dice:

“Yo, Lucio Marcio Fausto, natural de Emerita, escribo esta historia en la casa del sabio Plinio, en Uxama Argaela, ciudad que honra el pasado y abraza el porvenir. He sido testigo de momentos históricos y poéticos que merecen ser guardados, no solo en mármol, que el tiempo desgasta, sino en memoria, que el alma conserva.

Desde Emérita viajé por caminos de polvo, leyenda y antiguos pactos. Al llegar a Uxama Argaela contemplé la ciudad desde la colina. El foro vibraba con voces de la Hispania entera. El río Ucero brillaba como una serpiente de plata. Las cisternas relucían como espejos enterrados. Llegué por el camino del río Lobos y vi una ciudad que no se rendía al tiempo; donde las piedras hablaban y el agua recordaba.

Comprobé las termas humeantes, las cisternas talladas en la roca como vasos de memoria, donde el agua guardaba lo que el mármol olvidaba. Y vi la casa de Plinio, sabio entre sabios, quien me recibió como huésped y me ofreció pan, agua y palabras.

Plinio vestía una túnica clara y tenía una mirada que conocía los siglos. Me ofreció agua del río Ucero y pan de bellota. Me invitó a quedarme como huésped, y en las noches del peristilo, me habló de pactos antiguos, de constelaciones arévacas y de la promesa que aún latía en las piedras.

Me contó que Uxama Argaela era una ciudad que respiraba con dos almas. La arévaca, antigua y firme, tejida en las piedras del castro y en los cantos del río Ucero. Y la romana, ordenada y sabia, que había traído mosaicos, leyes y el agua conducida por canales invisibles.

Las murallas aún conservaban el eco de los jinetes celtíberos. Pero dentro, las calles se empedraban con geometría serena. El foro se llenaba cada día de voces de Hispania entera; el intercambio era constante: vino, sal, aceite, palabras y costumbres que tejían la alianza entre pueblos.

Las termas humeaban en las mañanas frías. Las cisternas excavadas en la roca recogían el agua del cañón como si la tierra misma ofreciera su memoria. Las casas se alzaban con atrios abiertos, peristilos floridos, y frescos que narraban gestas antiguas.

Me enseñó su biblioteca, porque Plinio era un sabio local descendiente de arévacos y lector de Roma. Allí se conservaban textos en latín y en lengua celtíbera. En su casa se enseñaba a los niños a leer los signos del cielo y del pasado.

Paseando por las calles, me comparó el acueducto invisible como venas de su ciudad, que llevaban no solo agua, sino memoria, haciéndome sentir así el agua del río Lobos, como el conocimiento que fluye sin ser visto, pero que alimenta lo que permanece. En el foro se oía hablar cada día en latín, arévaco y griego.

Por él supe de la historia de los arévacos, y de cómo se adaptaron, sin rendirse, a las costumbres romanas; siguieron utilizando sus propios rituales, como el canto a las estrellas o el uso de espirales en los mosaicos.

Una tarde, mientras el sol doraba las columnas del peristilo, Plinio me llamó al atrio. Tenía en la mano una tablilla de cera sin escribir, como si las palabras aún no se atrevieran a nacer.

- Lucio - me dijo-, ¿es cierto lo que murmuran los comerciantes del foro, que Sertorio se acerca?

Asentí- Viene desde Osca, por la ruta de Clunia. No como conquistador, sino como hermano. Quiere agradecer la lealtad de Uxama y consagrar la unión. -

Plinio cerró los ojos un instante. Luego habló con voz serena:

- Entonces quédate un poco más. Esta casa será tu refugio. Y cuando Sertorio llegue, que encuentre aquí no solo hospitalidad, sino historia.

La noticia corrió como el agua por los canales invisibles. En el foro se hablaba en voz baja. En las termas, los ancianos recordaban los pactos antiguos. En las casas, se limpiaban los mosaicos y se colgaban guirnaldas de hiedra y laurel.

Uxama no temía. Esperaba. Porque Sertorio no era un general más: era un símbolo. Un romano que hablaba como los sabios arévacos; que prometía libertad y cumplía. Un hombre que no exigía tributo, sino respeto.

Quinto Sertorio llegó sin estandartes, solo con respeto. En la casa de Plinio se celebró el consejo. Bajo las parras del jardín, habló de un Senado en Osca, de una Hispania libre, de ciudades hermanas.

Los ancianos escucharon. Plinio asentía. El pacto se selló con palabras y silencio. Sertorio lanzó una moneda a la fuente del jardín. El agua la recibió sin ruido, como si entendiera el gesto.

La visita de Sertorio duró varios días, alojándose él y varios de sus lugartenientes en la casa de Plinio. Entre los hombres que lo acompañaban, destacaba uno por su porte sereno y su mirada firme. Era Marco Silvano, tribunus laticlavius, lugarteniente de confianza y compañero de exilio. Decían que había renunciado al oro del Senado por la palabra de un hombre justo. En él, la espada obedecía al corazón.

En el tiempo que duró la visita, la ciudad lo recibió en silencio. No por temor, sino por respeto. Los ancianos se reunieron en el foro. Los niños fueron llevados al peristilo de la casa de Plinio. Y yo, huésped y escriba, observaba desde la sombra de una columna.

Allí fui testigo de un amor que comenzaba, entre Marco Silvano y Livia, hija de Plinio, mujer de cabello oscuro recogido con cintas de lino, ojos claros como el río Ucero en invierno; vestía túnicas sencillas pero elegantes con bordados que imitaban constelaciones. No hablaba mucho, pero era Inteligente, observadora, firme pero compasiva. Educada en latín y celtíbero, conocía las leyendas de los arévacos y los tratados de Roma. Ayudaba a su padre en la biblioteca, enseñaba a los niños y, copiaba símbolos en losas con punzón de cobre. Solo compartía, cuando alguien preguntaba con respeto. Y Marco Silvano preguntó así, cuando vio a Livia por primera vez, copiando símbolos en una losa. No fue un encuentro ruidoso entre el romano y la arévaca; bastaron las miradas entre ambos para que quedara sellada la unión de sus espíritus.

Sertorio partió sin ceremonia. Solo dejó palabras, como semillas en tierra fértil. Marco Silvano, tribunus laticlavius, quedó en Uxama como guardián del pacto.

La ciudad volvió a su ritmo. En el foro se hablaba de comercio y de guerra. En las termas se discutía política entre vapores. En la casa de Plinio, se copiaban textos en cera y se enseñaba a los niños a leer los signos del cielo.

Los días pasaron. Marco aprendía de Plinio, Livia le mostraba la belleza de su feminidad e inteligencia. El amor creció como las parras: lento, firme, entrelazado. Una tarde, junto a la fuente, se juraron amor. Él le dio su fibula, ella una piedra del río Ucero.

Pero el cielo se volvió rojo antes de que llegaran las legiones. No por el fuego, sino por los presagios. Los pájaros callaron. El río Ucero bajó turbio. La fuente del jardín dejó de murmurar.

Se supo que la esperanza fue traicionada por la mano de uno de los suyos; Sertorio había caído no en batalla, sino en la sombra. La noticia llegó como un viento helado a Uxama. Silvano, que había entrenado a los jóvenes y amado a Livia, no quiso rendirse. Preparó la defensa.

Y así, en el año de la traición, cuando Sertorio cayó por mano de los suyos, llegó Pompeyo con sus legiones. No habló. No escuchó. Solo ordenó. Uxama, que había ofrecido su lealtad a la esperanza, fue castigada como si hubiera albergado monstruos. Las casas ardieron, las cisternas se rompieron, las termas se llenaron de humo. El foro enmudeció. La casa de Plinio se quemó como un papiro al sol. Y en la fuente del jardín, donde una vez se selló un pacto, solo quedó ceniza.

Silvano cayó defendiendo la puerta norte. Livia desapareció entre las sombras. Algunos dicen que huyó hacia el bosque, otros que fue capturada. Yo escapé por el canal del acueducto, con esta crónica bajo el brazo. Porque si la ciudad debía morir, su memoria no.

Uxama no se rindió. No por orgullo, sino por lealtad. La promesa de Sertorio seguía viva en cada piedra, en cada mirada.”

Parece que Lucio Marcio Fausto escribió su crónica en un pergamino sellado en una urna de cerámica, como las que se han hallado en Uxama. Siglos después, en tiempos de monjes y códices, la urna fue hallada entre las ruinas. El pergamino, aunque desgastado, conservaba la crónica. Fue llevado a un monasterio, donde se leyó en voz baja, como quien escucha el susurro de una ciudad que no quiso morir. Eso me contó un arcediano de la Catedral del Burgo hace muchos años, pero no me dijo donde se encontraba. Desde entonces lo busco.

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