CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA (Crónica número 3)


 

CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA

(Crónica número 3)


DESDE LAS RUINAS HASTA TOLEDO

Y así quedó Uxama, herida por el hierro y el fuego, con sus piedras abiertas como libros que nadie quiso leer. Las columnas caídas no sostenían ya templos, sino el recuerdo de un esplendor que se volvió silencio.

Tras la destrucción ordenada por Pompeyo, Uxama no fue borrada del mapa, pero sí del alma de quienes la habitaron. Las casas nobles se derrumbaron, los mosaicos se agrietaron, y el foro quedó como un eco sin voz. Algunos sobrevivientes —romanos empobrecidos, arévacos vencidos, esclavos sin dueño— permanecieron entre las ruinas, como raíces que no saben morir.

Durante generaciones, el cerro fue habitado por sombras. Los más ancianos hablaban de Sertorio como de un dios caído, y de Pompeyo como del trueno que lo desterró. Los niños jugaban entre piedras rotas, sin saber que sus pasos pisaban historia.

Los arévacos que no fueron deportados se convirtieron en guardianes de la tierra. Cultivaban entre escombros, recogían agua de aljibes rotos, y hablaban en voz baja, como si el viento pudiera delatarlos. No tenían templos, pero sí piedras que recordaban.

Los romanizados, empobrecidos por la guerra, reconstruyeron con lo que quedaba. Tablillas rotas, tejas partidas, fragmentos de mosaico. Vivían en casas sin techos, pero con raíces y con memoria. Algunos escribían aún, no leyes, sino nombres. Nombres de los que ya no estaban.

Los esclavos sin amo vagaban entre escombros. Nadie los mandaba, pero tampoco los liberaba. Se mezclaban con los siervos arévacos, compartiendo pan, fuego, y silencio. Algunos decían que eran libres, otros que eran invisibles y, nadie les preguntaba cuál preferían.

Y los niños nacían. Nacían entre piedras rotas, sin saber qué fue un templo, qué fue un imperio. Jugaban con fragmentos de estatuas, como si fueran muñecos. Inventaban palabras nuevas, mezclando latín, arévaco y viento.

La bajada al río no fue un éxodo. Fue una costumbre. Primero bajaban por agua. Luego por tierra fértil. Luego por fe. Las chozas brotaron junto al Ucero, como si el río los llamara por su nombre.

Uxama, sin saberlo, comenzó a transformarse. No por decreto, sino por abandono. Las familias descendieron poco a poco hacia el río, buscando agua, tierra fértil, y un lugar donde enterrar el miedo, como quien entierra una semilla esperando que no brote.

Y el nombre cambió. Ya no era Uxama. Era Osma. Nadie lo decretó. Nadie lo escribió. Pero todos lo dijeron, como quien dice “hogar”.

Pero el mundo cambiaba. Roma se cristianizaba, y con ella sus provincias. Desde el sur, desde Tarraco y Cartago Nova, llegaron hombres con palabras nuevas: cruz, redención, resurrección. No eran soldados, sino peregrinos, artesanos, curanderos. Algunos hablaban latín, otros mezclaban rezos entre dialectos. Traían consigo el rumor de un hombre clavado en madera que no maldecía a nadie, y la promesa de que incluso las ciudades muertas podían renacer.

El cristianismo no llegó como Roma, ni como los bárbaros. No vino con estandartes ni legiones, sino con viajeros, con manos abiertas, con historias que hablaban de luz en la oscuridad.

Al principio fueron pocos. Un artesano que tallaba cruces en madera. Una mujer que curaba con hierbas y rezos. Un anciano que hablaba de un hombre crucificado que perdonaba a sus verdugos. Nadie sabía su nombre, pero todos escuchaban.

Las palabras nuevas se mezclaban con las antiguas. Redemptio sonaba como renacer. Caritas como compartir. Ecclesia como reunirse. Y poco a poco, sin que nadie lo ordenara, las piedras se volvieron altares, las cuevas ermitas, y el río, bautismo.

Los arévacos, que nunca escribieron, comenzaron a cantar. Los romanizados, que ya no mandaban, comenzaron a rezar. Los esclavos, que no tenían nombre, comenzaron a ser llamados hermanos. Y los niños, que jugaban entre ruinas, comenzaron a dibujar cruces en la arena.

No hubo templo aún, pero sí fe. No hubo obispo aún, pero sí comunidad.

Roma no cayó en un día, ni Hispania se perdió en una batalla. Fue como un invierno largo, donde cada hoja que caía era una ley olvidada, una piedra robada, una palabra que ya no se entendía.

Tras el desmoronamiento del Imperio Romano en Occidente, Hispania quedó expuesta a los vientos del norte. Primero llegaron los vándalos, los suevos y los alanos, como tormentas breves que arrasaban y seguían. Pero fueron los visigodos quienes se asentaron, no como invasores, sino como herederos de un mundo que se deshacía.

Los visigodos trajeron consigo el arrianismo, una fe cristiana distinta, que negaba la divinidad plena de Cristo. Durante décadas, convivieron con una mayoría hispanorromana católica, en una tensión silenciosa que se reflejaba en templos, leyes y costumbres. El arrianismo fue religión de reyes, pero no de pueblos.

En el año 589, el rey Recaredo abjuró del arrianismo en el III Concilio de Toledo, abrazando el catolicismo como fe oficial del reino. Fue un acto político y espiritual que unificó la península bajo una sola cruz. Desde entonces, la Iglesia visigoda tejió su estructura con firmeza, y Osma, ya asentada junto al río— fue reconocida como sede episcopal.

Ya no era solo un asentamiento junto al río, sino una ciudad con alma, con palabra, con presencia.

Las nuevas estructuras sociales se tejieron entre lo antiguo y lo nuevo. Los nobles visigodos se mezclaron con las élites hispanorromanas. Los siervos arévacos se convirtieron en campesinos libres o en monjes. Las leyes se escribieron en latín, pero se hablaban en lenguas mezcladas. Y en Osma, entre las piedras que aún recordaban a Uxama, se alzó una iglesia, y con ella, una voz. La del obispo Aurelio de Osma.

No fue noble ni guerrero. Fue hijo de campesinos, criado entre rezos y silencio. Aprendió a leer en un monasterio junto al río, donde las piedras aún recordaban a Uxama. Allí copió salmos, cuidó huertos, y escuchó historias que no estaban escritas.

Aurelio fue elegido obispo por consenso, no por linaje. Su voz era pausada, su mirada profunda. No hablaba de poder, sino de presencia. Creía que la fe debía redimir la memoria, no borrarla. Por eso, cuando fue llamado al III Concilio de Toledo, no llevó consigo oro ni escolta, sino un cuaderno de pergamino y el nombre de Osma.

Viajó por caminos polvorientos, cruzó pueblos que aún no sabían si eran romanos o visigodos, y llegó a Toledo como quien llega a una ciudad sagrada. Allí vio el poder de la corte, la solemnidad de los obispos, y la decisión de un reino que quería ser uno bajo una sola cruz.

A su regreso, escribió. No para la historia, sino para los suyos. Para que Osma supiera que su voz había sido escuchada. Que, entre obispos y reyes, alguien habló desde el río.

“Crónica del viaje a Toledo, por Aurelio, obispo de Osma:

En el nombre del Señor, que guía los pasos del humilde como del poderoso, escribo estas palabras para que no se pierdan en el polvo de los siglos.

Salí de Osma cuando el sol aún no había vencido al rocío. Dejé atrás el río que nos da vida, las piedras que guardan la memoria de Uxama, y la iglesia que alzamos con manos callosas y fe firme. No llevé escolta, ni oro, ni pergaminos sellados. Solo mi báculo, mi salterio, y el nombre de mi pueblo.

El camino fue largo, y en él vi lo que somos. Pueblos que aún hablan latín entremezclado con voces bárbaras. Gentes que rezan sin saber a quién. Ruinas que fueron templos, y templos que fueron establos. Pero también vi esperanza: niños que cantan salmos, mujeres que enseñan a leer, ancianos que bendicen la tierra antes de sembrarla.

Llegué a Toledo cuando la ciudad se vestía de solemnidad. El rey Recaredo, que había sido arriano, confesó públicamente la fe católica. Los obispos se reunieron en el templo mayor, y allí se habló no solo de dogma, sino de unidad. Se condenó el error del arrianismo, y se proclamó que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Se firmaron cánones, se alzó la cruz y el templo se llenó de luz y silencio. Se había sellado la alianza entre corona y altar.

Yo escuché más que hablé. Pero cuando me preguntaron por Osma, dije que éramos pocos, pero firmes. Que nuestra fe no nació en palacios, sino en cuevas. Que nuestras cruces no son de oro, sino de madera. Y que en nuestras oraciones aún resuena el eco de Uxama.

Regresé con enseñanza, no con poder. Aprendí que la Iglesia debe ser madre, no juez. Que la unidad no se impone, se cultiva. Y que el recuerdo de lo que fuimos es semilla de lo que seremos.

Guardo esta crónica para los que vendrán. Para que sepan que Osma habló. Que entre obispos y reyes, hubo una voz que venía del río.

Escribo esto en el año del Señor 589, cuando la cruz se alzó sin espada, y el reino se hizo uno en la fe. Que el Señor bendiga a Osma, y a todos los que aún recuerdan.”


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