LA MEDIA LUNA SOBRE OSMA
En
el año 711, una sombra nueva cruzó el estrecho de Gibraltar. Lo que comenzó
como una expedición se convirtió en una revolución: en apenas una década, el
islam se extendía por la península ibérica, no solo con la fuerza de las armas,
sino con el poder de una civilización que traía consigo ciencia, arquitectura,
jurisprudencia y una visión del mundo distinta al feudalismo visigodo. La
cuenca del Duero, donde se encuentra Osma, se convirtió en zona de frontera: un
espacio de tensión, pero también de intercambio.
Muchos
habitantes, ante la promesa de impuestos más bajos, justicia más equitativa y
libertad religiosa, abrazaron el islam, formando comunidades de muladíes que
vivieron durante generaciones en estas tierras. Esta crónica nace de susurros
antiguos, recogidos por oídos curiosos en las cocinas y patios de Osma, y que
nunca encontraron imprenta…, hasta ahora. Se refieren a un personaje que vivió
en Osma en el período de la conquista cristiana de la zona del Duero.
Yusuf
nació en Osma, junto al río Ucero, cuando la media luna ya ondeaba en las
torres. Su padre era un muladí, un cristiano convertido al islam, y su madre,
una mujer mozárabe que aún rezaba en latín bajo su aliento. Yusuf creció entre
dos lenguas, dos mundos, dos formas de mirar el cielo. Desde niño, subía a una
de las atalayas que coronaban los cerros. Allí aprendió a leer el horizonte, a
distinguir el polvo de una caravana del de una razia, a encender señales de
humo cuando el peligro se acercaba. Era un vigía, pero también un puente entre
culturas. A los quince años, Yusuf fue enviado a Gormaz, la gran fortaleza
califal. Allí aprendió a escribir en árabe, a leer a los sabios de Bagdad, a
escuchar música andalusí bajo las estrellas. Gormaz no era solo una muralla:
era una ciudadela viva, con biblioteca, mezquita y mercado. Los soldados
hablaban de Córdoba como de un paraíso de jardines y ciencia. Yusuf soñaba con
conocerla, pero también sentía que su destino estaba en los valles de Soria,
donde el río hablaba en voz baja y los inviernos enseñaban paciencia.
La
frontera no era un lugar de paz, pero tampoco solo de guerra. Yusuf vio pasar
ejércitos, sí, pero también caravanas de comerciantes, monjes que pedían
salvoconductos, pastores que cruzaban sin mirar banderas. Aprendió que la
historia no se escribe solo con espadas, sino con manos que siembran, curan y
enseñan. Cuando los cristianos reconquistaron Osma, Yusuf ya era un hombre. No
huyó. Se quedó. Cambió su nombre por Josué, pero siguió rezando en silencio
mirando a La Meca, como quien guarda un fuego bajo la nieve. Enseñó a los
nuevos pobladores a leer el cielo, a construir acequias, a respetar la tierra.
Fue maestro de hijos de cristianos, y algunos decían que también de algún
clérigo curioso.
La
conquista de la Hispania visigoda no hubiera sido posible sin el impulso de una
civilización más avanzada que la existente en la península. Al-Ándalus no fue
solo una etapa de dominio musulmán: fue un puente entre Oriente y Occidente,
entre el mundo clásico y el medieval. En el año 711, las tropas musulmanas
cruzaron el estrecho de Gibraltar y derrotaron al rey Rodrigo en Guadalete. En
pocas décadas, Al-Ándalus se extendió por gran parte de la península, aunque el
norte resistió y se convirtió en foco de la Reconquista. En el 756, Abderramán
I fundó el Emirato independiente de Córdoba. En el 929, Abderramán III proclamó
el Califato, convirtiendo la ciudad en capital política y cultural. La Mezquita
de Córdoba, iniciada por Abderramán I y ampliada por sus sucesores, fue el
mayor templo del occidente islámico. Córdoba se convirtió en un centro de
traducción y conocimiento, donde se recuperaron saberes clásicos. Médicos como
Al-Zahrawi, autor del Al-Tasrif, revolucionaron la cirugía y la medicina,
dejando una huella que Europa seguiría durante siglos.
Se
perfeccionaron los astrolabios, se introdujo el sistema decimal y el álgebra, y
se elaboraron tablas astronómicas que guiaban tanto la navegación como la
agricultura. Se introdujeron cultivos como el arroz, la caña de azúcar, los
cítricos y el algodón. Las técnicas de riego, con acequias y norias,
revolucionaron la productividad agrícola. Las ciudades musulmanas se diseñaban
con patios interiores, baños públicos, jardines y mercados. El arte mudéjar,
desarrollado más tarde bajo dominio cristiano, conservó elementos andalusíes
como los arcos de herradura y la decoración geométrica. Muchos cristianos
vivieron bajo dominio musulmán conservando su fe, mientras otros se
convirtieron al islam, generando una sociedad mestiza y bilingüe. Los judíos en
Al-Ándalus vivieron con relativa libertad, contribuyendo al saber médico,
filosófico y comercial. Córdoba fue hogar de figuras como Maimónides.
A
pocos kilómetros, en lo alto de un cerro, se alzó Gormaz, una de las mayores
fortalezas de Europa en su tiempo. Aunque existía desde el siglo IX, fue
ampliada en el año 965 por orden del califa al-Hakam II. Su muralla serpenteaba
más de un kilómetro, con torres defensivas, aljibes y una puerta monumental que
miraba al norte. Gormaz no era solo un castillo, era un símbolo del poder
califal, una advertencia tallada en piedra frente al avance de las cruces.
Desde Gormaz se vigilaban los valles del Duero. Los musulmanes levantaron
atalayas en los cerros, torres de vigilancia que se comunicaban entre sí con
señales de humo o fuego. Osma, en el valle, era parte de esa red defensiva.
Yusuf
vivía en una casa de adobe, junto al río Ucero, con patio interior donde
crecían menta, albahaca y granados. Aprendió a distinguir el vuelo de las aves,
el color del cielo antes de la tormenta, el humo de una caravana. Era un vigía,
pero también un soñador. También aprendió a cultivar los campos, a usar el
alambique para destilar esencias, a escribir con cálamo sobre pergamino. Su
mundo era pequeño, pero lleno de saber. Aprendió a contar con cifras que venían
de la India, a medir el tiempo con astrolabios, a curar con plantas que crecían
en los márgenes del río. Sabía que alquimia venía de al-kīmiyā, y que aceituna,
almohada, azúcar y naranja eran palabras que sus abuelos no conocían. Los
maestros que llegaban a Osma desde Córdoba hablaban de medicina, astronomía,
poesía. Yusuf escuchaba embelesado cómo los árabes habían traducido a
Aristóteles, cómo sabían curar con plantas, cómo calculaban los eclipses. En su
aldea, la gente ya usaba palabras como acequia, almohada, azúcar, sin saber que
venían del árabe. La arquitectura también cambió: arcos de herradura, patios
interiores, fuentes que cantaban. Aunque Osma era una ciudad pequeña, sus casas
empezaban a parecerse a las de Toledo o Zaragoza. La mezquita, modesta, era
lugar de oración y escuela, donde las voces se mezclaban con el eco del agua.
Yusuf
tenía amigos cristianos y judíos. Jugaban juntos, comerciaban juntos, discutían
sobre Dios y sobre el mundo. En Osma, como en muchas zonas de frontera, la
convivencia era más fuerte que el conflicto. Los musulmanes permitían que los
cristianos mantuvieran su fe, a cambio de un impuesto. Muchos se convertían, no
por miedo, sino por oportunidad; el islam ofrecía movilidad, justicia,
conocimiento. La civilización visigoda, rígida y feudal, no pudo competir con
la apertura del islam. No fue una invasión masiva, sino una transformación
cultural. Los visigodos cayeron porque su mundo ya estaba agotado. Los árabes
ofrecieron algo nuevo.
Cuando
cumplió veinte años, Yusuf construyó un jardín. Lo diseñó siguiendo el modelo
andalusí: cuatro partes, una fuente en el centro, árboles frutales, hierbas
aromáticas. Decía que el jardín era como su vida: mezcla de raíces, armonía de
diferencias. Ese jardín se convirtió en lugar de encuentro. Allí venían monjes,
comerciantes, soldados. Hablaban de política, de religión, de poesía. Yusuf no
era noble ni sabio, pero había entendido algo que muchos olvidaban: que la
historia se escribe mejor cuando se cultiva. Yusuf creció sabiendo que el otro
no era un enemigo, sino un espejo. Que la historia no era una línea recta,
…sino un tapiz. Que la frontera no era un muro, sino un jardín.
Cuando
los cristianos reconquistaron Osma, Yusuf ya era viejo. Se quedó. Ya os conté
que cambió su nombre por Josué, pero siguió cuidando su jardín. Enseñó a los
nuevos pobladores a regar con acequias, a leer las estrellas, a curar con
hinojo. Nadie sabía si era cristiano o musulmán. Solo sabían que era sabio.
Hoy,
cuando paseamos por Osma, no vemos su casa. Pero en las palabras que usamos, en
los cultivos que sembramos, en las torres que aún vigilan los cerros, vive su
legado. Él nos recuerda que hubo un tiempo en que Osma fue frontera. Y en esa
frontera, floreció un mundo.
Cuando
preguntaba a los viejos por Yusuf, uno me mostró un cuaderno gastado por el
tiempo. Lo abrí con la emoción del que encuentra un tesoro escrito por un
poeta. Sus palabras, escritas con tinta temblorosa, merecen ser leídas como se
escucha una canción antigua. Aquí las reproduzco, como parte de esta crónica
encantada:
En
el año del cambio, cuando el sol cruzó el estrecho
y
la media luna se alzó sobre las torres del sur,
Osma
dormía entre ruinas romanas y rezos visigodos,
con
el río Ucero cantando su canción de siglos.
Llegaron
los hombres del desierto, no como tormenta,
sino
como viento que trae semillas nuevas.
No
eran muchos, pero traían libros,
traían
agua, traían palabras que curaban.
La
ciudad, vieja y sabia, se dejó tocar.
Sus
piedras aprendieron nuevos nombres,
sus
campos se regaron con acequias,
y
en los patios florecieron granados y menta.
En
lo alto, Gormaz se alzó como vigía del mundo,
castillo
del califa, serpiente de piedra que miraba al norte.
Las
atalayas nacieron en los cerros,
como
ojos que nunca dormían.
Osma
se convirtió en frontera,
pero
no solo de guerra.
Fue
frontera de ideas, de lenguas, de creencias.
Allí
convivieron el Corán y el Evangelio,
el
latín y el árabe, el incienso y el azafrán.
Los
niños aprendían a contar con cifras nuevas,
los
médicos curaban con plantas del sur,
los
poetas cantaban al amor y al saber,
y
el cielo se medía con astrolabios.
No
todo fue paz, no todo fue luz.
Hubo
razias, hubo miedo, hubo silencio.
Pero
también hubo jardines,
y
en ellos, la historia floreció.
Osma
no fue solo conquistada.
Fue
transformada.
Y
en su transformación,
Hispania
se convirtió en puente entre mundos.
Hoy,
cuando el viento sopla sobre el río,
parece
que aún se escucha aquel susurro:
el
de una civilización que vino a enseñar,
y
que dejó su alma en la piedra y en la palabra.


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