CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA (Crónica número 5)


 

CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA

(Crónica número 5)


ALDA Y EL ROBLEDAL

Crónica encantada entre San Esteban, Osma y la honra del Cid

En el año 1081, Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como el Cid Campeador, fue desterrado por el rey Alfonso VI. La causa no fue traición, sino política: Rodrigo había atacado la taifa de Toledo sin consentimiento real, quebrando una alianza delicada entre cristianos y musulmanes. En aquel tiempo, la frontera entre Castilla y Al-Ándalus no era una línea trazada en los mapas, sino un espacio vivo, mutable, tejido de pactos, traiciones y lealtades cruzadas.

Rodrigo partió de Vivar con su mesnada, con el alba aun temblando sobre los campos de Castilla; hombres leales que lo seguían por honra más que por salario. Su camino lo llevó hacia tierras sorianas, que conocía bien. Había sido alcaide de San Esteban de Gormaz, plaza fuerte junto al Duero, donde defendió la frontera y negoció con taifas. Por allí pasó primero, con paso firme, pero sin alarde. Las murallas lo recordaban como se recuerda un eco antiguo, pero las puertas no se abrieron del todo. Era huésped sin casa. Los vecinos lo miraban con respeto y temor. Sabían que el Cid no pedía permiso, pero tampoco traicionaba.

Desde San Esteban, Rodrigo siguió hacia Osma, en busca de un paso seguro para cruzar el río. Un pastor llamado Julián, que hablaba con las encinas como con hermanos y, que vivía junto a un meandro del Duero, le indicó el vado de las encinas. Rodrigo cruzó sin ceremonia, como quien deja atrás no solo tierras, sino también el favor del rey.

Al otro lado, Osma despertaba entre rezos latinos y ecos árabes. Allí aún se recordaba a Yusuf, el sabio musulmán que enseñó que la frontera no era lugar de conquista, sino de encuentro.

Rodrigo no se detuvo, siguió hacia el sur, como quien persigue la sombra de su honra entre los olivares y los pactos, y durante años sirvió a los reyes musulmanes de Zaragoza. Combatió tanto a cristianos como a moros, según lo dictaba su honra. Finalmente, conquistó Valencia, donde gobernó con justicia y tolerancia, rodeado de aliados musulmanes y cristianos.

Allí, en Valencia, se celebraron las bodas. Elvira y Sol, hijas del Cid y de doña Jimena, fueron casadas con los infantes de Carrión, nobles de Castilla. El rey Alfonso VI bendijo la unión, buscando sellar la paz con alianzas de sangre. Rodrigo, aunque prudente, aceptó. Jimena lloró en silencio, como hacen las madres cuando el destino se disfraza de ceremonia.

La despedida fue solemne. El Cid abrazó a sus hijas y les habló de la honra, del deber, del valor de la palabra. Jimena les entregó un pañuelo bordado con hilos de oro y lágrimas. Las muchachas partieron hacia Castilla, escoltadas por sus esposos, sin saber que el camino no conducía al hogar, sino al Robledal.

El viaje fue largo y amargo. Los infantes, que en Valencia fingieron cortesía, pronto revelaron su verdadero rostro. En cada villa, en cada posada, las trataban con frialdad. No las miraban, no las nombraban. Las hacían caminar detrás, como si fueran carga y no esposas, sin saber que llevaban en sus pasos la memoria de un linaje que no se inclina. Elvira y Sol callaban, pero el silencio pesaba más que el desprecio.

Al llegar a Castillejo de Robledo, los infantes detuvieron la marcha. En un claro del bosque, entre robles viejos y tierra húmeda, consumaron la afrenta. Hirieron con manos cobardes a las hijas del Cid, las despojaron de sus ropas y las abandonaron, como si la honra pudiera quebrarse con el maltrato ruin. Elvira y Sol no lloraron. Se abrazaron, se cubrieron como pudieron y esperaron que el bosque las protegiera. Los infantes siguieron su camino hacia Carrión, creyendo que el silencio cubriría su cobardía.

Fue Alda, una mujer de San Esteban, quien las encontró. Había salido a buscar hierbas medicinales, siguiendo el curso del Duero. El viento le trajo un susurro, como si los árboles quisieran contarle algo. Las halló temblando, heridas como ramas quebradas que aún respiran, pero con la dignidad intacta. Les dio su manto, les ofreció agua, y las llevó consigo en su carreta, por senderos que solo ella conocía.

San Esteban era entonces villa de frontera. Las casas, de adobe y piedra; las calles, de tierra; y sus gentes, curtidas por el miedo y la esperanza. Había cristianos, mozárabes, judíos. Se hablaba romance, árabe, latín. Las campanas sonaban junto al canto del muecín. La vida era dura, pero la memoria del Cid aún latía en los muros.

Alda las acogió en su casa, junto al huerto. Les lavó las heridas con agua de tomillo, les dio pan de centeno, les tejió mantos nuevos. Las niñas hablaban poco, pero sus ojos contaban todo. Los vecinos, al saber quiénes eran, se acercaron con respeto. Algunos trajeron leche, otros, ropas; muchos, simplemente silencio.

La noticia corrió como el río, murmurando entre piedras y voces. Un viajero la llevó a Osma, donde aún se recordaba el paso del Cid por el vado. Desde allí, un monje la llevó a Burgos, y de Burgos a Toledo, donde el rey la escuchó con el ceño fruncido. Rodrigo, al saberlo, no gritó. Solo dijo: “La honra se defiende con justicia.”

Convocó cortes, mostró pruebas, exigió reparación. Los infantes fueron juzgados, deshonrados, vencidos. Las hijas del Cid fueron casadas con príncipes de Navarra y Aragón. Pero en San Esteban, nadie olvidó a Alda.

Dicen que cuando el Cid volvió a pasar por Osma, rumbo al juicio, bajó del caballo en el vado y miró el agua en silencio. No por el destierro, sino por el recuerdo. Y en San Esteban, abrazó a Alda como se abraza a quien ha salvado lo que uno ama más que la vida.

Hace muchos años, las gentes de San Esteban y Osma cantaban coplas sobre Alda y el Robledal cuando el Duero bajaba claro:

 

Por el vado de Osma cruzó el buen Cid desterrado,

con la honra por bandera y el alma por estandarte.

La tierra no lo olvidó, ni el río que lo ha llorado,

ni el pueblo, que aún sus pasos guardan como estandarte.

 

En Castillejo la afrenta, en Corpes quedó el pecado,

dos hijas fueron heridas por manos sin nobleza.

Mas fue Alda quien tejió, con su manto desgastado,

el consuelo que no da la espada ni la realeza.

 

Las halló entre los robles, temblando, pero enteras,

con la dignidad intacta y la pena en la mirada.

Las llevó como se lleva la esperanza verdadera,

en silencio, sin promesas, con ternura bien callada.

 

En San Esteban las curó con agua, pan y abrigo,

y el pueblo las abrazó como hijas de su gente.

No hubo juicio ni castigo, solo el calor del amigo,

y el rumor de que la honra se defiende dulcemente.

 

Dicen que el Cid no lloró, pero tembló su coraje,

cuando supo que la afrenta no quebró lo más sagrado.

Y Alda, sin pedir nada, quedó en la historia del valle,

como flor que nace sola, pero nunca ha marchitado.

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