CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA
(Crónica número 7)
LA PIEDRA Y LA PLUMA: CUANDO EL BURGO
APRENDIÓ A LLORAR
El
Burgo de Osma vivía sus días con la serenidad de quien se sabe protegido por la
piedra y la fe. Las primeras luces del alba se filtraban entre los tejados de
teja roja, despertando a los vecinos con el tañido grave de las campanas. El
aire olía a pan recién hecho, a humo de encina y a tierra húmeda. En las calles
empedradas, los pasos de los bueyes marcaban el ritmo de la jornada como un
tambor lento sobre la piedra, mientras los mercaderes desplegaban sus telas y
especias en la plaza.
La
catedral, aún joven en su alzada románica, se erguía como un faro de piedra
blanca. En su interior, los canónigos debatían sobre los Padres de la Iglesia,
y los niños del coro ensayaban salmos que se elevaban como incienso hacia las
bóvedas. El mercado bullía de voces, de trueques, de historias. Las mujeres
lavaban en el río, los herreros forjaban el hierro con ritmo de tambor, y los
escribanos, en sus pupitres de roble, copiaban con paciencia los textos que
habrían de perdurar como raíces de tinta.
Todo
parecía en orden. Todo respiraba vida. Y,
sin embargo, el silencio aún no había dicho su palabra.
Pero
lejos, en Palencia, el obispo Pedro —el de Osma, el reformador, el pastor—
había entregado su alma a Dios. No murió en su sede, ni entre sus muros, sino
en tierra ajena, en tránsito, como si su último acto fuera el de un peregrino.
Era el año del Señor de 1109, y aunque la noticia aún no había llegado al
Burgo, el aire ya la presentía. Las cigüeñas callaron en sus nidos, y el
escribano, sin saber por qué, afiló su pluma con más cuidado que nunca.
Pronto,
muy pronto, la villa entera se volcaría en recibir a su obispo por última vez.
No con palmas ni salmos, sino con cirios encendidos y lágrimas que no sabían
rezar.
Crónica
del escribano Martín de Osma
“En
el segundo día del mes de agosto, del año del Señor de mil ciento y nueve,
llegó hasta nosotros la nueva que quebró el corazón del Burgo: el muy reverendo
obispo don Pedro, pastor de esta diócesis y varón de santidad probada, había
fallecido en la ciudad de Palencia, mientras retornaba de sus deberes
eclesiásticos.
Yo,
Martín, escribano del cabildo, doy fe de lo que vi y oí en los días que
siguieron, pues jamás el Burgo se vistió de duelo con tanta dignidad.
El
cuerpo del obispo fue traído por camino real, escoltado por clérigos y hombres
de armas, envuelto en paños de lino y cruzado por el signo de la redención,
bordado en hilo rojo como sangre que no olvida. A su paso, los pueblos callaban, y los
campanarios doblaban con voz de bronce. Cuando la comitiva alcanzó las puertas
del Burgo, toda la villa se congregó como
si el Pueblo entero se inclinara, no ante un cuerpo, sino ante una vida
sembrada en piedra: hombres, mujeres, niños, ancianos, todos aguardaban en
silencio, con cirios encendidos y lágrimas contenidas.
El
cabildo recibió el cuerpo con salmos y letanías, y lo condujo hasta la
catedral, donde fue velado durante tres días. El obispo había pedido reposar en
la capilla del Espino, junto a los muros que él mismo había consagrado. Así se
cumplió su voluntad.
Nunca
vi tanta devoción junta. Nunca escribí con tanta solemnidad.
Y
así lo dejo escrito, para que las generaciones venideras sepan que el Burgo de
Osma, en aquel año de gracia, lloró a su pastor como se llora a un padre, y lo
recibió como se recibe a un santo.
Martín,
escribano del cabildo de Osma.”
Apunte
del cronista encantado
Durante
la Edad Media, El Burgo de Osma se consolidó como enclave espiritual y
estratégico en la provincia de Soria, dentro del Reino de Castilla. Su
desarrollo estuvo ligado a la construcción de la Catedral de Santa María de la
Asunción, iniciada en el siglo XII, y a la figura de Pedro de Bourges, monje
cluniacense nacido en Francia hacia el año 1040.
Pedro
fue nombrado obispo en 1101, tras haber sido arcediano en Toledo. Impulsó la
reforma eclesiástica, trazó el Burgo como núcleo cristiano y promovió la
construcción de la catedral. Murió en Palencia el 2 de agosto de 1109, durante
un viaje de regreso a su sede. Sus restos fueron trasladados a la capilla del
Espino, donde aún reposan.
Su
santidad fue reconocida por el pueblo y el cabildo, que promovieron su culto.
Aunque no fue canonizado por el papa —como era costumbre en el siglo XII— su
nombre fue incluido en el Martirologio Romano, confirmando su veneración
oficial.
El
Burgo prosperó con mercados, cofradías, escribanos y monjes copistas. La Vía
Augusta seguía latiendo como arteria comercial, y el Camino del Cid pasaba
cerca. No hubo grandes batallas, pero sí memorias que aún se escriben en piedra
y en pluma.

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