CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA (Crónica número 8)


CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA

(Crónica número 8)


LA CATEDRAL QUE SOÑÓ CON LA LUNA

Yo soy la Luna. No la que se contempla desde balcones ni la que inspira canciones de amor. Soy la que observa desde lo alto, noche tras noche, los secretos de la piedra. He sido testigo de cómo, en el corazón de Castilla, una catedral fue creciendo como un árbol de siglos, con raíces románicas, ramas góticas y flores barrocas. Esta es su historia, contada por mis ojos de plata.

Todo comenzó en el año 1101, cuando Pedro de Bourges —San Pedro de Osma— llegó con el espíritu reformador de Cluny. Sobre las ruinas de Uxama, trazó los primeros latidos de un templo románico: sobrio, de muros gruesos, con capiteles sencillos y ventanas estrechas. Fue consagrado en 1109, y desde entonces, cada noche, me colaba por sus pequeñas aberturas, acariciando los códices, los cálices, las oraciones. Aquel templo era raíz, era semilla. De él aún vive la antigua sala capitular y parte del claustro, donde el silencio se escucha como piedra que respira.

En 1232, el obispo Juan Díaz soñó con una catedral más alta, más luminosa. Así nació el templo gótico que hoy domina El Burgo. Se construyó en varias fases, hasta mediados del siglo XIV. Su planta de cruz latina, con tres naves de cinco tramos, crucero y cabecera recta, se alzó como un canto vertical. Las bóvedas de crucería, los arcos apuntados, los contrafuertes… todo era un intento de tocarme, como si la fe quisiera rozar el misterio que nunca se alcanza. Y yo, complacida, me deslizaba por sus nervaduras, iluminando cada clave de bóveda como si fueran estrellas. La piedra se volvió poesía, y el templo, un bosque de columnas que susurraban plegarias, yo las escuchaba temblar como hojas que rezan al viento.

El siglo XVI trajo consigo una nueva sensibilidad. Se construyó la Capilla de Santiago, de estilo gótico florido, con bóvedas estrelladas y decoración vegetal. También se levantó el actual claustro, más amplio, con tracerías caladas que filtraban mi luz como encajes de piedra. Allí, entre columnas y sombras, yo paseaba como quien recorre un jardín de memorias. Cada capitel contaba una historia: dragones, santos, flores, demonios. Todo tallado con manos que sabían que yo lo vería, como si cada golpe de cincel fuera una carta escrita en piedra para mí.

El siglo XVIII transformó la cabecera. Se construyó la girola, la sacristía y el retablo mayor. El barroco trajo movimiento, dramatismo, columnas salomónicas que giraban como llamas, como si el barroco ardiera antes de que el neoclásico lo apaciguara. El neoclásico, en cambio, aportó serenidad, orden, proporción. En 1784 se concluyó la torre campanario, de 72 metros, que aún me desafía cada noche. Desde su cúspide, las campanas me saludan, y yo respondo con reflejos de plata sobre sus tejados.

Dentro, la catedral es un universo. La nave central es un río de piedra por donde navega mi luz. Sus pilares fasciculados y bóvedas de crucería me guían como un mapa celeste. El retablo mayor, obra barroca del siglo XVIII, brilla como un sol dorado. Representa escenas de la vida de la Virgen, y cada figura parece despertar cuando la acaricio. La sacristía, construida en el siglo XVI, guarda pinturas de Antonio de Pereda y cajoneras de madera noble. Allí, el arte y la liturgia se abrazan. La Capilla del Santo Cristo del Milagro es un rincón de recogimiento. El Cristo crucificado, de rostro sereno, escucha mis versos nocturnos. El claustro gótico, con sus arcos ojivales y capiteles historiados, es mi paseo favorito. Allí, el tiempo se detiene y la piedra respira.

En lo alto, el archivo catedralicio guarda la memoria escrita. Pergaminos, bulas, cartas reales, actas sinodales… yo los leo cada noche, y cada palabra es un eco del pasado. En el museo, ubicado en la antigua sala capitular, el Beato de Osma despliega sus miniaturas como constelaciones. También el cáliz de San Pedro, relicarios, tejidos, cantorales… todo brilla cuando lo toco con mi luz. Son tesoros que no se ocultan, sino que esperan ser descubiertos por quien sepa mirar… y escuchar el silencio que guardan.

Dicen que el Cristo del Milagro llora en luna llena. Que un monje escribió el Beato mientras soñaba con el Apocalipsis. Que San Pedro de Osma aún camina por el claustro, rezando por su pueblo. Yo he visto a un niño perdido que me habló como si supiera que yo lo escuchaba. Desde entonces, cada noche, le cuento una historia nueva.

La Catedral del Burgo de Osma no es sólo piedra. Es un poema escrito en siglos, una sinfonía de estilos, un alma que respira. Yo, Luna, he sido su testigo, su amante, su cronista. Y ahora tú, lector, eres parte de su historia. Cuando pases por El Burgo, mira hacia arriba. Si ves que brillo más que nunca, sabrás que estoy contando esta historia. La historia de una catedral que, noche tras noche, soñó conmigo.

Y cuando la noche se retira, y el alba comienza a pintar de oro los tejados del Burgo, yo me alejo despacio, sin hacer ruido. Dejo tras de mí la catedral dormida, envuelta en la memoria de mis caricias. Las piedras guardan mi reflejo, los vitrales aún tiemblan con mi luz, y los retablos sueñan con volver a verme.

Porque, aunque el sol la ilumine de día, es conmigo con quien ha compartido sus secretos. Yo, Luna, no sólo la he visto crecer: la he amado. Y cada noche, cuando regreso, ella me espera. No como templo, sino como alma.


 

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