CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA
(Crónica número 9)
LA MURALLA QUE APRENDIÓ A ABRIRSE
En
el año de gracia de 1458, cuando Castilla se debatía entre guerras dinásticas y
la sombra de los grandes linajes, el Burgo de Osma vivía bajo el amparo de su
obispo y señor: Pedro de Montoya, capellán real, jurista y estratega. No era
solo pastor de almas, sino guardián de fronteras. Desde su residencia
episcopal, contemplaba la villa como quien observa un relicario abierto al
viento, y decidió ceñirla con piedra.
La
muralla no fue solo defensa: fue declaración. En tiempos de incertidumbre,
cuando los nobles se alzaban contra el rey y las villas sufrían saqueos,
Montoya mandó levantar un cerco que protegiera no solo los cuerpos, sino la
dignidad de su diócesis. El Burgo no respondía a alcaldes ni concejos: era
tierra de obispos, regida por mitra y báculo. La muralla debía ser frontera,
pero también claustro.
Los
canteros llegaron desde pueblos cercanos, convocados por el obispado. Bajo el
sol castellano, comenzaron a levantar los lienzos de cal y canto, reforzados
con sillares nobles. El golpe del cincel era salmo, el polvo se mezclaba con
incienso, y cada piedra encajaba como si supiera dónde debía descansar. La
muralla crecía como un rosario de piedra que abrazaba la villa.
La
Puerta de San Miguel, junto al puente Viejo, fue su umbral más solemne. Por
ella entraban viajeros, procesiones y pregones. Dicen que en octubre de 1469,
un joven Fernando de Aragón cruzó sus arcos camino de Valladolid, donde habría
de casarse con Isabel de Castilla. La muralla lo vio pasar, disfrazado de mozo,
con el destino de los reinos en los ojos. Y aunque no hubo flecha ni herida, el
aire estaba tenso, como si la piedra misma contuviera el aliento.
Durante
siglos, aquel cerco fue más que defensa: fue recogimiento. El Burgo vivía
protegido, casi monástico, y la piedra hablaba en silencio. Pero el tiempo, que
no respeta decreto ni devoción, comenzó a erosionar no solo los muros, sino la
idea misma de cerrarse. En el siglo XVIII, la villa empezó a crecer, a respirar
hacia fuera. Lo que antes fue protección, ahora era obstáculo. Y entonces, la
muralla comprendió.
La
muralla toma la palabra
Yo
fui muralla. Fui frontera y refugio, recogimiento y silencio. Me levantaron con
manos que rezaban, con cinceles que cantaban, con piedras que sabían dónde
descansar. Durante siglos abracé al Burgo como madre que guarda a su hijo. Vi
entrar procesiones, vi salir viajeros, escuché llantos y plegarias. Fui cerco,
fui símbolo, fui memoria.
El
tiempo me desgastó, pero no me venció. Cuando la villa empezó a crecer,
comprendí que proteger también era dejar pasar. Me derribaron, sí, pero no por
odio ni por guerra: me abrieron para que el Burgo respirara. Y yo acepté.
Porque ser muralla no es solo cerrar: es también aprender a abrirse.
Hoy
mis restos aún se alzan: la Puerta de San Miguel, el Arco del Cubo, los tramos
que acompañan al paseo de La Rasa. No son ruinas: son latidos. Cada piedra que
resiste guarda un eco de siglos, cada sombra que dibujo recuerda al obispo que
soñó conmigo.
Yo,
muralla, sigo viva. No como defensa, sino como memoria. No como obstáculo, sino
como abrazo. Y mientras alguien me mire, mientras alguien me toque, seguiré
contando la historia de un Burgo que aprendió a recogerse, a crecer, a
transformarse.
Porque aunque el sol me desgaste y la lluvia me borre, aún seré voz. Y cuando alguien pase junto a mí, sabrá que no soy muro caído, sino palabra que aún protege.

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