CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA
(Crónica número 10)
LA VEGA QUE CANTA CON AGUA
El
Ucero desciende desde los barrancos del Cañón del Río Lobos como un dios menor
que talla la tierra con paciencia. Sus aguas, claras y obstinadas, han
aprendido a abrirse paso entre calizas y encinas, hasta llegar al Burgo, donde
se ensanchan y se vuelven fértiles. Allí, el río no es solo corriente: es
padre. Con su savia líquida ha tejido la Vega, ha sembrado la memoria de los
campos, ha dado voz a la tierra.
“Yo
soy agua que canta, soy raíz que se mueve. Donde me detengo, nace la vida;
donde me abrazo, florece la Vega.”
Pero no estuvo solo. El Abión, que nace en las sierras cercanas a Calatañazor, bajó discreto y humilde, hasta unirse al Ucero en el corazón del Burgo. Juntos formaron un matrimonio de aguas, un abrazo líquido que dio fuerza a la Vega. El Ucero fue padre, el Abión hermano menor, y entre ambos hicieron posible que la tierra se convirtiera en canto.
La
Vega se abre como un tapiz que el río borda con hilos de agua. Cada estación es
un verso distinto en este poema de tierra y savia.
En
primavera, la huerta despierta como un coro de brotes: las lechugas se abren
como manos verdes, los ajos levantan lanzas blancas, los guisantes trepan como
niños inquietos. El aire huele a humedad y a promesa, y los surcos parecen
pentagramas donde el río escribe música.
En
verano, el trigo se inclina como ejército dorado que canta al viento. Las viñas
engordan racimos que guardan el sol en cada grano, y los tomates se enrojecen
como corazones maduros. El calor es intenso, pero el agua corre por las
acequias como un alivio secreto, refrescando la piel de la tierra.
En
otoño, los frutales ofrecen manzanas que brillan como lámparas, membrillos que
perfuman los caminos, y calabazas que se hinchan como cántaros. El lino se
recoge como hilo de agua, y los campos se tiñen de ocres y rojos, como si la
Vega se vistiera de fiesta antes del descanso.
En
invierno, la tierra se cubre de escarcha y silencio. Los surcos se adormecen,
las huertas reposan, pero el río sigue latiendo bajo la piel helada. Es tiempo
de espera, de recogimiento, de savia invisible que prepara el renacer.
La
Vega es cuerpo y es alma. Es vientre que alimenta, es pecho que respira, es
corazón que late al compás del río. Y cada fruto, cada espiga, cada hoja, es un
poema que el Ucero dicta a la tierra.
Las
acequias son las venas invisibles de la Vega. Desde los tiempos de Uxama
arévaca, los hombres aprendieron a guiar el agua como quien guía un rebaño
dócil. Al principio fueron surcos sencillos, abiertos con azadas y paciencia,
que llevaban el río hasta los huertos cercanos. Más tarde, los romanos trazaron
canales de piedra y madera, perfeccionando el arte de repartir la savia
líquida.
En
el período árabe, la ciencia del agua alcanzó su esplendor. Los musulmanes
introdujeron norias, albercas y sistemas de reparto más justos y eficaces. La
Vega se convirtió en laboratorio agrícola: hortalizas, frutales y cereales
crecían con abundancia gracias a la sabiduría hidráulica. El agua era arte y
era poesía, y su legado perduró mucho después de la repoblación cristiana.
En
la Edad Media, cuando el Burgo vivía bajo la autoridad de sus obispos, las
acequias se multiplicaron como raíces. Cada compuerta era un pacto con la
tierra: abrirla al amanecer significaba dar vida a los sembrados, cerrarla al
anochecer era guardar el agua como tesoro. Los molinos giraban gracias a esas
corrientes, y los prados se vestían de verde por su rumor constante.
El
tiempo siguió su curso, y en los siglos XVIII y XIX se reforzaron los canales
con piedra más firme, con compuertas de hierro que resistían las crecidas. En
el siglo XX, el cemento y los motores de bombeo modernizaron el regadío, pero
las viejas acequias siguieron latiendo, como cicatrices que no se borran.
Hoy,
algunas aún se ven paralelas al paseo del río, con su cauce estrecho y su
murmullo discreto. Otras han desaparecido bajo el asfalto, pero su memoria
persiste en los labios de los mayores, que recuerdan cómo el agua se repartía
con justicia, cómo cada vecino esperaba su turno para regar la tierra.
Las
acequias son historia líquida. Son la escritura del río sobre la piel de la
Vega. Cada canal es un verso, cada compuerta, una sílaba, cada gota, una
palabra que dice: “Aquí hubo vida, aquí hubo trabajo, aquí hubo canto.”
Y
entonces, como la muralla antes, el río toma la palabra:
“Yo
soy Ucero. He nacido entre rocas y he aprendido a ser savia. He dado trigo y
vino, lino y manzana. He corrido por acequias antiguas y modernas, he
acariciado huertos y he sostenido familias. Soy río, pero también soy memoria.
Y mientras mi corriente siga viva, la Vega seguirá cantando.”
El
Abión responde en silencio, como hermano menor que acompaña sin reclamar
protagonismo. Su unión con el Ucero es abrazo y promesa: juntos seguirán
alimentando la tierra, juntos seguirán escribiendo la historia líquida del
Burgo.
La
Vega del Burgo no es solo tierra cultivada: es canto, es herencia, es promesa.
Cada surco guarda un eco de siglos, cada fruto es un poema que el agua escribe
en la tierra. El Ucero, que nació entre rocas, se convirtió aquí en padre y
cantor, y su voz aún se escucha en el murmullo de las acequias, en el frescor
de los álamos, en el reflejo de los puentes.
La
Vega es cuerpo y es alma. Es vientre que alimenta, es pecho que respira, es
corazón que late al compás del río. Y mientras el Ucero y el Abión sigan
fluyendo, la Vega seguirá siendo voz y raíz, savia y memoria.
“Yo
soy agua que canta, yo soy tierra que florece. Y juntos, río y Vega, seguiremos
contando la historia de un Burgo que aprendió a vivir del abrazo del agua.”

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