CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA (Crónica número 12)


CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA

(Crónica número 12)


LA SEMILLA Y LA CORONA

Crónica recogida por Fray Elías de la Vega, custodio de memorias invisibles

“En el tejido encantado de estas crónicas, donde cada piedra guarda un susurro y cada calle una promesa, hay un hilo que arde con luz propia: el que une la llegada de los místicos al Burgo con la devoción que aún hoy camina por sus plazas.

Fue en el año del Señor de 1581 cuando Teresa de Jesús, la madre inquieta, cruzó el Burgo camino de Soria. No fundó convento, pero dejó palabras que se quedaron flotando en el aire, como semillas sin tierra. Rezó en la catedral, miró el río Ucero con ojos de recogimiento, y se fue, pero no del todo.

Ocho años después, en 1589, llegó Juan de la Cruz, el hermano del silencio. Él sí plantó. Fundó el convento de carmelitas descalzos en un paraje junto al río, donde la piedra era humilde y la tierra fértil. Allí nacieron las huertas del alma, regadas por el Ucero, donde los frailes cultivaban verduras y frutos, pero también silencio y paciencia.

La iglesia se levantó entre 1595 y 1607, con ladrillo sencillo y piedra traída de Hontoria de la Cantera. Su fachada, sobria y simétrica, se coronó con una espadaña que aún hoy se recorta contra el cielo. En el altar mayor se colocó la imagen de la Virgen del Carmen, tallada con ternura y recogimiento, cuyos ojos miran el corazón de cada fiel.

Con el paso de los siglos, aquella imagen se convirtió en madre protectora del Burgo. Fue coronada canónicamente en 1950, y de nuevo en 2018, cuando el pueblo entero la reconoció como reina espiritual. Así, la semilla mística se convirtió en corona visible.

Cada año, en julio, la Virgen abandona por unas horas la penumbra del templo y se convierte en reina de las calles. La procesión comienza con campanas que despiertan la memoria. Los fieles se arremolinan en la plaza, niños de comunión con escapularios blancos, piñorras con mantillas, ancianos que recuerdan promesas antiguas. La imagen, coronada, avanza sobre andas adornadas de flores, y el pueblo entero se convierte en un río de oración.

La Calle Mayor, que tantas veces vio pasar mercaderes y viajeros, se convierte en un camino de fe. Bajo los soportales iluminados, las voces se mezclan en cánticos, y las farolas parecen estrellas que bajan a acompañar. El Palacio Episcopal observa solemne, como testigo de siglos de devoción.

Al llegar a la Plaza Mayor, la Virgen se detiene. El Ayuntamiento y el Hospital de San Agustín, símbolos civiles, se inclinan en silencio ante la madre espiritual. Es como si la villa entera se uniera en un mismo latido.

La procesión sigue hacia el río. El murmullo del Ucero acompaña, como lo hizo en las huertas carmelitas. Allí, la Virgen parece recordar a Teresa y a Juan, los sembradores de la semilla, y bendice el agua que dio vida al convento.

Cuando la imagen regresa al templo, la noche ya se ha vestido de estrellas. Pero el pueblo sabe que no se queda encerrada: su luz permanece en cada casa, en cada promesa, en cada corazón que la acompañó.

Así se escribe esta crónica, donde la semilla mística se convierte en corona procesional, y la historia se hace presente en cada paso, cada canto, cada mirada. El Burgo no olvida: recuerda en piedra, en agua, en flor, y en fe.”

 

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