CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA (Crónica número 13)


 

CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA

(Crónica número 13)


SANTA CRISTINA, LA MÁRTIR QUE VINO DE ROMA

En la ribera derecha del río Ucero, donde el puente medieval enlaza caminos y el castillo vigila desde lo alto, se alza la Iglesia de Santa Cristina de Osma. Sus muros guardan cicatrices de fuego y esperanza: el incendio de 1779 la dejó herida, pero de sus cenizas nació un templo nuevo, barroco y solemne, con planta de cruz latina, nave única y crucero coronado por cúpula de media naranja. La portada renacentista del siglo XVI sobrevivió como testigo antiguo, mientras Domingo de Zaguirre, junto a Alonso Martínez de Ochoa y Manuel de Arribas, dieron forma al nuevo edificio que aún hoy se alza sobre la ribera.

Pero lo que convierte a esta iglesia en un relicario encantado no es solo su piedra, sino lo que custodia en su corazón. Desde Roma, atravesando siglos y fronteras, llegó el cuerpo semi-incorrupto de una mártir cristiana, identificado como Santa Cristina. Fue colocado en una urna acristalada sobre el altar mayor, vestido con ornamentos litúrgicos, como si descansara en un lecho eterno de luz.

La llegada del cuerpo fue un gesto de protección y prestigio: la diócesis quiso que Osma tuviera su propia guardiana, y la mártir romana se convirtió en patrona de la villa. Desde entonces, cada 24 de julio, la comunidad celebra su festividad, recordando que la santa no nació aquí, pero eligió quedarse para siempre.

La urna de Santa Cristina es más que reliquia: es un puente entre Roma y Osma, entre el martirio antiguo y la fe viva del presente. Los fieles se acercan al altar mayor no solo para contemplar su cuerpo incorrupto, sino para sentir que la mártir se ha convertido en vecina, protectora y memoria compartida.

El río Ucero murmura junto al templo, como si acompañara su descanso. El puente medieval y el castillo parecen inclinarse hacia ella, reconociendo que en esta iglesia la historia se detiene y la eternidad se hace presente.

Así, la Iglesia de Santa Cristina de Osma no es solo arquitectura barroca, ni reliquia venerada: es un capítulo encantado donde la piedra, el agua y la fe se entrelazan. En el coro de las crónicas, su voz es la de una mártir que viajó desde Roma para velar por el Burgo de Osma, y que aún hoy recuerda que la santidad puede cruzar fronteras para encontrar morada en la ribera de un río castellano.


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