CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA
(Crónica número 14)
LOS ERMITAÑOS DE LAS MAGDALENAS
Frente
al lugar donde el río Abión se entrega al Ucero, como quien se inclina ante su
destino, se alza una ermita que no mira al mundo, sino al cielo. Es la ermita
de las Magdalenas, construida en la ladera del monte, donde la piedra se vuelve
oración y el silencio tiene nombre.
Allí
vivieron los ermitaños del Burgo, hombres sin hábito ni púlpito, pero con el
alma vestida de penitencia. Llegaron cuando el siglo XIV aún tejía sus sombras,
movidos por el viento eremítico que cruzaba Europa buscando cuevas, riscos y
soledad. No querían huir, querían subir. Y cuando la ermita les pareció
demasiado cerca del mundo, ascendieron más alto, hasta el lugar donde hoy se
alza la Cruz del Siglo, como si quisieran tocar el borde del cielo.
La
ermita tomó su nombre de María Magdalena, la penitente luminosa, la que lloró
junto al sepulcro y fue la primera en ver la resurrección. Los ermitaños la
veneraban no por su pasado, sino por su transformación. Decían que cada espino
que florecía en invierno era una lágrima suya convertida en perfume.
Vivían
en la cueva del Padre Ibarra, aunque muchos otros la habitaron antes. No
escribían libros, pero tallaban oraciones en la roca. No predicaban, pero su
silencio era más elocuente que mil sermones. Cada noche, salían al mirador y
contemplaban la desembocadura del Abión, no como paisaje, sino como símbolo: el
alma que se entrega, el río que se rinde, la penitencia que se convierte en
luz.
Desde
lo alto, veían el Burgo como un tapiz de piedra y fe. Escuchaban las campanas
de la Catedral como latidos, y cuando la campana del ángel repicó sola, fueron
ellos quienes la escucharon primero. Bajaron con salmos y agua, como custodios
invisibles.
El
dragón del Ucero, que dormía en las entrañas del río, no fue apaciguado por
ellos, sino por un fraile carmelita, que lo calmó con música y oración. Pero
los ermitaños lo vigilan desde la altura, como quien cuida un sueño ajeno. Y
cuando el espino florece, ellos lo bendicen con silencio.
La
Cruz del Siglo, que hoy corona el monte, fue colocada mucho después. Pero los
que subieron antes ya la habían imaginado. Decían que, en lo alto, el viento
hablaba con voz de Magdalena, y que cada estrella era una palabra que no se
había dicho aún.
Así,
los ermitaños de las Magdalenas no fueron santos ni sabios, pero su vida fue
canto. Y su ascenso, desde la cueva hasta la cruz, fue un poema sin versos,
escrito en piedra y cielo. En el coro de las crónicas, su voz es la del que
sube más alto no para huir, sino para ver mejor.

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