CRÓNICAS ENCANTADAS DEL BURGO DE OSMA
(Crónica número 15)
DE UXAMA AL BURGO; LA HUELLA DE SUS
GENTES
Desde
las murallas de Uxama, donde los pueblos arévacos levantaron casas de piedra y
templos sencillos, hasta las calles vivas de ahora del Burgo de Osma, la
historia no se ha escrito solo con muros y torres, sino con nombres. De hombres
y mujeres que sembraron, que rezaron, que gobernaron, que soñaron, que murieron
lejos o descansan en su cementerio; todos ellos dejaron una huella que aún se
siente al caminar por la villa.
El
pueblo llano es la raíz: campesinos que dieron pan, artesanos que forjaron
hierro, comerciantes que llenaron la plaza medieval, seminaristas que
aprendieron latín en claustros silenciosos, vecinos que hoy pasean por la Calle
Mayor y celebran fiestas en verano. Sus apellidos y nombres, humildes y
sencillos, tienen su reflejo póstumo en las lápidas del cementerio, donde cada
inscripción es un verso de la memoria colectiva. Ellos, los de ahora y los
pasados, son la argamasa invisible que sostiene el Burgo.
Pero
entre esa multitud anónima, algunos nombres se alzan como faros, y sus ecos aún
resuenan en las calles que los recuerdan.
San
Pedro de Osma (siglo XI), monje cluniacense venido de Francia, fue el primero
en dar alma a la villa. Fundó la diócesis y convirtió la fe en raíz. Su figura
es semilla y cimiento: el Burgo nace con él, como un templo que se abre al
cielo.
Juan
de Palafox y Mendoza (siglo XVII), obispo y virrey de México, llevó el nombre
del Burgo más allá del océano. Reformador incansable, supo unir espiritualidad
y política, palabra y acción. En él, la villa se hizo universal, viajando en
barcos y cartas hasta tierras lejanas.
Baltasar
de Zúñiga (siglo XVII), diplomático del Siglo de Oro, tejió alianzas en Europa
y aconsejó a reyes. Su voz resonó en palacios y cortes, recordando que desde el
Burgo de Osma se podía influir en el destino de imperios. En él, el Burgo se
hizo poder y política.
Manuel
Ruiz Zorrilla (siglo XIX), hijo del Burgo, levantó su voz liberal en la España
convulsa del XIX. Presidente del Consejo de ministros, soñó una patria
distinta, más libre y más justa. Su nombre recuerda que la villa también supo
ser cuna de rebeldía y modernidad.
Dionisio
Ridruejo (siglo XX), poeta soriano vinculado al Burgo, dejó versos que reflejan
la tensión entre tradición y conciencia crítica. Su palabra es testimonio de
que el Burgo no solo habló con piedra, sino también con voz literaria, capaz de
interrogar al tiempo.
Y
entre los héroes silenciosos, está Daniel García Moral (1893–1917), joven
burgense que murió en las campañas de Marruecos. Su nombre, grabado en una
calle, recuerda el sacrificio de quienes marcharon lejos de su tierra y nunca
regresaron. Él representa a toda una generación de soldados que dieron su vida
en tierras extrañas, y cuyo recuerdo se mantiene vivo en el callejero y en la
memoria popular.
No
menos importantes son los espacios colectivos y sus gentes: el Seminario
Diocesano, taller de almas y escuela de voces, donde generaciones de
estudiantes aprendieron a leer el mundo desde la fe y la cultura; y el Palacio
Episcopal, casa de obispos que marcaron la vida de la diócesis y dieron al
Burgo su voz espiritual y su gobierno.
Finalmente,
están los burgenses vivos, los que hoy sostienen la villa con su vida
cotidiana. Cada niño que juega en la plaza, cada anciano que recuerda, cada
mujer y hombre que habita el Burgo es parte de la crónica viva. Ellos son la
continuidad de Uxama, de la Osma medieval, de los siglos de historia.
Estos,
los de ahora y los de siempre, hacen cada año que el Burgo de Osma se vista de
júbilo y recogimiento, de música y silencio, de danza y oración. Sus fiestas
son un río que atraviesa los siglos, desde las hogueras arévacas de Uxama hasta
las luces modernas que iluminan la Plaza Mayor. Cada agosto, cada primavera, la
villa se convierte en escenario de memoria viva.
En
verano, cuando el sol madura los campos y el aire huele a trigo y a vino,
llegan las Fiestas Patronales de la Virgen del Espino y San Roque. Del 14 al 19
de agosto, las calles se llenan de color, de pasacalles, de juegos y de alegría
compartida. La Virgen del Espino, patrona del Burgo, recibe ofrendas florales y
procesiones solemnes; San Roque, protector contra las pestes, es honrado con
devoción y júbilo. Las peñas, con su música y su bullicio, son el latido
popular que da ritmo a cada jornada.
Cada
noche, la plaza se convierte en un escenario de música y danza. Las orquestas
llenan el aire de melodías, y el pueblo entero se une en el baile de la rueda,
tradición que enlaza manos y corazones en un círculo de alegría. Es el latido
antiguo que recuerda que la fiesta es unión, y que el Burgo se celebra
bailando.
No
menos importantes son las fiestas de Osma en honor a Santa Cristina, que cada
verano llenan de vida la villa hermana. Procesiones, verbenas y actos
religiosos recuerdan que la devoción y la alegría no se limitan al Burgo, sino
que se extienden a Osma, donde la tradición se mantiene viva y compartida.
Pero
cuando llega la primavera, el Burgo se recoge. La Semana Santa, convierte la
villa en un templo al aire libre. Cofradías, pasos procesionales, tambores y
silencios transforman las calles en oración. Desde la Borriquilla del Domingo
de Ramos hasta el Encuentro del Domingo de Resurrección, cada acto es un poema
de fe castellana, donde la piedra se convierte en plegaria. La Catedral de
Santa María se convierte en corazón litúrgico, y la villa entera se transforma
en escenario de piedad.
Así
es el Burgo: en fiesta y en silencio, en júbilo y en recogimiento. Sus gentes
celebran la vida con música y danzas, con procesiones y plegarias, con risas y
con lágrimas. Y en cada fiesta, en cada paso, en cada canto, se escucha la voz
antigua de Uxama, la memoria medieval de Osma y el latido presente de quienes
aún hoy sostienen la villa.
El
Burgo de Osma es villa de nombres: los grandes y los humildes, los que tienen
calles y los que descansan en lápidas, los que murieron heroicamente en tierras
lejanas y los que hoy siguen dando vida a la villa. Todos ellos forman un
tejido encantado donde la historia se convierte en poesía y la memoria en
presente.

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