Dar poder al Senado:
control, evaluación y revocación (Reflexión quinta)
Reflexiones sobre: “Más allá
de la partidocracia: un nuevo equilibrio democrático”
El paso decisivo: del adorno
consultivo al control efectivo
Si una cámara renovada quiere
representar de verdad a la sociedad civil, no basta con cambiar quién se sienta
en ella. Es necesario cambiar para qué se sientan. El Senado actual
tiene funciones formales, pero carece de herramientas reales para influir en la
gestión pública. Su papel es, en la práctica, consultivo y secundario.
Una cámara de la sociedad
civil no puede limitarse a opinar. Debe poder vigilar, evaluar y exigir
responsabilidades. De lo contrario, sería una institución decorativa más.
Evaluar políticas públicas:
una función que España necesita
La política española adolece
de un problema crónico: se legisla mucho, pero se evalúa poco. Las leyes
se aprueban, se anuncian, se celebran… y después desaparecen del radar. Rara
vez se analiza si han funcionado, si han cumplido sus objetivos o si han
generado efectos no deseados.
Un Senado renovado podría
asumir esta función con rigor:
·
Revisión periódica de grandes políticas
públicas: educación, sanidad, infraestructuras, energía,
digitalización.
·
Informes independientes
elaborados por equipos técnicos vinculados a las instituciones representadas.
·
Comparecencias obligatorias de
ministros, altos cargos y responsables de organismos públicos.
·
Indicadores de cumplimiento que
permitan medir avances y retrocesos.
No se trata de sustituir al
Gobierno, sino de poner luz donde hoy hay opacidad.
Acceso reforzado a la
información: sin datos no hay control
Para que el control sea real,
el Senado debe tener acceso a:
·
documentación completa de proyectos,
·
contratos públicos,
·
auditorías internas,
·
informes técnicos,
·
datos presupuestarios desagregados,
·
evaluaciones previas y posteriores.
Hoy, muchos de estos
documentos se entregan tarde, incompletos o bajo criterios discrecionales. Un
Senado de control necesitaría derechos de acceso reforzados, con plazos
estrictos y sanciones por incumplimiento.
La transparencia no puede
depender de la buena voluntad del Gobierno. Debe ser una obligación
institucional.
El poder de revocación: una
herramienta excepcional, no cotidiana
La pieza más delicada —y más
transformadora— es el poder de revocación. No como arma política, sino como
mecanismo de responsabilidad. Su diseño debe ser garantista, prudente y
excepcional.
¿Cuándo podría activarse?
Solo en casos graves y
tasados:
· incumplimiento
manifiesto del programa de gobierno,
· negligencia
grave en la gestión,
· ocultación
de información relevante,
· corrupción
probada,
· desatención
reiterada de advertencias técnicas.
No se trata de castigar
errores inevitables, sino de corregir fallos estructurales o conductas
incompatibles con el servicio público.
¿Cómo funcionaría?
·
Iniciativa de un número significativo de
senadores.
·
Comparecencia obligatoria del responsable
afectado.
·
Evaluación técnica independiente.
·
Mayoría cualificada para evitar abusos.
·
Posibilidad de revisión judicial para
garantizar derechos.
El objetivo no es
desestabilizar gobiernos, sino evitar que la incompetencia o la negligencia
queden impunes.
Un equilibrio necesario:
control sin bloqueo
Un Senado con poder real debe
actuar con responsabilidad. No puede convertirse en un freno permanente ni en
un actor que paralice la acción del Gobierno. Por eso, el diseño debe buscar un
equilibrio:
· control
fuerte,
· revocación
excepcional,
· evaluación
continua,
· colaboración
institucional,
· respeto
a la legitimidad del Congreso.
El Gobierno seguiría
gobernando. El Congreso seguiría legislando. Pero el Senado garantizaría que la
gestión se hace bien.
Mirar hacia adelante: una
cultura de responsabilidad
España no necesita más leyes,
ni más ruido, ni más instituciones simbólicas. Necesita responsabilidad
pública. Necesita que la gestión importe tanto como el discurso. Necesita
que los errores tengan consecuencias y que los aciertos se reconozcan.
Un Senado renovado, con
funciones claras y poder real, podría ser el motor de esa cultura. No para
sustituir a la política, sino para elevarla.
En la próxima reflexión
abordaremos los riesgos y salvaguardas de este modelo: cómo evitar abusos, cómo
garantizar la independencia y cómo asegurar que el remedio no sea peor que la
enfermedad.
Porque toda reforma
institucional seria debe mirar no solo lo que puede ganar, sino también lo que
debe proteger.

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