¿Por qué el sistema elige malos gestores? Partidos, carrera política y poder (Reflexión segunda)


¿Por qué el sistema elige malos gestores? Partidos, carrera política y poder (Reflexión segunda)

Reflexiones sobre: “Más allá de la partidocracia: un nuevo equilibrio democrático”


Un problema que no empieza en las personas, sino en los incentivos

Cuando la ciudadanía percibe que la gestión pública falla —infraestructuras que se deterioran, servicios que pierden calidad, decisiones que se aplazan— la reacción inmediata suele ser culpar a los políticos concretos. Pero si el problema se repite con gobiernos distintos, colores distintos y generaciones distintas, quizá la pregunta no sea quién, sino cómo.

¿Cómo se seleccionan los responsables públicos?

¿Qué incentivos tienen?

¿Qué tipo de perfiles premia el sistema?

La respuesta, en España, apunta a un fallo estructural: el sistema de partidos no está diseñado para elegir a los mejores gestores, sino a los mejores supervivientes internos.

 

La carrera política: un camino que premia la obediencia, no la competencia

En teoría, la política debería atraer a personas con visión, capacidad de gestión y vocación de servicio. En la práctica, el recorrido habitual dentro de un partido exige otras habilidades:

·       Lealtad interna por encima de criterio propio.

·       Capacidad para evitar conflictos con la dirección.

·       Disponibilidad total para tareas orgánicas.

·       Resistencia al desgaste de la vida partidista.

Nada de esto es malo en sí mismo. Pero cuando se convierte en el filtro principal, el resultado es previsible: los perfiles más valiosos profesionalmente suelen quedarse fuera, mientras que quienes prosperan son quienes mejor se adaptan a la lógica interna del partido.

El sistema no selecciona a los mejores para gestionar, sino a los más aptos para sobrevivir dentro de la organización.

 

El cortoplacismo como norma: gobernar para cuatro años

Las infraestructuras, la educación, la sanidad o la planificación territorial requieren horizontes de 20 o 30 años. Pero los ciclos electorales duran cuatro. Y en ese intervalo, lo que importa no es tanto la calidad de la gestión como la percepción pública inmediata.

Esto genera tres efectos:

·       Decisiones aplazadas: lo que no da rédito electoral se pospone.

·       Inversiones simbólicas: se prioriza lo visible sobre lo necesario.

·       Falta de mantenimiento: lo que no se ve, no se cuida.

El resultado es un país que avanza a golpes de titular, no de planificación.

 

La partidocracia: cuando el Estado se convierte en botín

Otro elemento clave es la colonización de instituciones por parte de los partidos. No se trata solo de altos cargos, sino de capas intermedias, organismos reguladores, empresas públicas y órganos de control.

Cuando los nombramientos se basan en afinidad política y no en mérito, el sistema pierde:

·       independencia,

·       continuidad técnica,

·       memoria institucional,

·       capacidad de autocorrección.

Y lo que es peor: se genera una cultura en la que la gestión se subordina a la estrategia partidista.

 

Un sistema que no corrige sus propios errores

En una democracia sana, los fallos de gestión deberían tener consecuencias. Pero en España, la única sanción real es esperar a las siguientes elecciones. Y entre tanto:

·       los errores se diluyen,

·       las responsabilidades se reparten,

·       los partidos se protegen,

·       y la ciudadanía se resigna.

Sin mecanismos de control intermedio, la mala gestión no tiene coste. Y cuando no hay coste, no hay incentivo para mejorar.

 

Mirar más allá del síntoma

Si queremos entender por qué se repiten los mismos problemas, no basta con señalar a los políticos de turno. Hay que mirar el diseño del sistema: cómo se eligen los cargos, qué incentivos tienen, qué controles existen y qué consecuencias afrontan.

En las próximas reflexiones iremos explorando cómo podría reforzarse esa responsabilidad pública, qué papel podría desempeñar la sociedad civil y qué instituciones podrían ayudar a equilibrar un sistema que hoy está demasiado concentrado en los partidos.

Porque, al final, una democracia madura no se mide solo por cómo vota, sino por cómo se gobierna entre elección y elección.

 

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