Un Senado sin alma: de cámara redundante a cámara de control ciudadano (Reflexión tercera)


 

Un Senado sin alma: de cámara redundante a cámara de control ciudadano (Reflexión tercera)

Reflexiones sobre: “Más allá de la partidocracia: un nuevo equilibrio democrático”

 

Una institución que nunca llegó a encontrar su lugar

El Senado español nació con una intención solemne: ser la cámara de representación territorial. Sobre el papel, debía equilibrar al Congreso, aportar una mirada distinta y actuar como espacio de reflexión pausada. En la práctica, sin embargo, nunca ha logrado cumplir ese papel. No porque falten personas valiosas, sino porque su diseño institucional lo condena a la irrelevancia.

Hoy, para la mayoría de los ciudadanos, el Senado es una cámara que existe, pero que no pesa. Una institución que consume recursos, pero no genera impacto. Un lugar donde se repiten debates ya celebrados en el Congreso, con los mismos actores, las mismas lógicas y, casi siempre, los mismos resultados.

La pregunta es inevitable: ¿Para qué sirve realmente el Senado tal y como está concebido?

 

La duplicación como norma: dos cámaras, una sola lógica

El problema no es que existan dos cámaras, sino que ambas funcionan bajo la misma lógica:

·       representación partidista,

·       listas cerradas,

·       disciplina interna,

·       debates paralelos,

·       escaso margen de maniobra real.

El Senado no aporta una mirada distinta, ni un contrapeso, ni una especialización. Es, en esencia, una segunda vuelta del Congreso, pero con menos visibilidad y menos poder.

Esto genera un efecto perverso: una institución que podría ser útil se convierte en un trámite.

 

Una oportunidad perdida para el control democrático

En muchos países, la segunda cámara cumple funciones de control, revisión o equilibrio. Puede representar territorios, sectores sociales, instituciones profesionales o incluso a la ciudadanía de forma indirecta. Puede actuar como freno, como moderador o como evaluador de políticas públicas.

En España, sin embargo, el Senado no ejerce ninguna de estas funciones con fuerza real. No controla, no revisa, no corrige. Su capacidad de enmienda es limitada y, cuando la ejerce, el Congreso puede revertirla sin dificultad.

El resultado es un sistema donde el poder se concentra en una sola cámara, y donde los mecanismos de supervisión institucional son débiles o meramente formales.

 

El vacío que deja el Senado: una sociedad civil sin espacio

La sociedad civil española —universidades, colegios profesionales, asociaciones científicas, organizaciones sociales, entidades culturales— es rica, plural y activa. Pero carece de un espacio institucional donde participar de forma estructurada en la vigilancia del poder. El Senado podría haber sido ese espacio.

Podría haber sido la cámara donde se escuchan voces no partidistas, donde se evalúan políticas con rigor técnico, donde se revisa la gestión pública con independencia.

Pero su diseño actual lo impide. Y ese vacío se nota.

 

Una cámara que podría ser otra cosa

La cuestión no es si el Senado debe existir o desaparecer. La cuestión es qué función podría desempeñar si se reformara con ambición.

Podría convertirse en:

·       una cámara de control ciudadano,

·       un espacio de representación de instituciones vivas,

·       un órgano de evaluación de políticas públicas,

·       un contrapeso real al poder ejecutivo,

·       un puente entre sociedad civil y Estado.

No se trata de inventar nada extravagante. Se trata de dar sentido a una institución que hoy no lo tiene.

 

Mirar hacia adelante con honestidad

El Senado, tal y como está, no cumple la función que España necesita. Pero eso no significa que deba resignarse a la irrelevancia. Significa que es el momento de preguntarse qué papel podría desempeñar en un sistema democrático que aspire a ser más responsable, más equilibrado y más atento a la gestión pública.

En las próximas reflexiones exploraremos cómo podría representarse la sociedad civil en una cámara renovada, qué instituciones podrían formar parte de ella y qué mecanismos de control podrían reforzar la responsabilidad política.

Porque, al final, las democracias no se fortalecen eliminando instituciones, sino dándoles un propósito claro y útil.


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