Una cámara de la
sociedad civil: instituciones vivas, no siglas de partido (Reflexión cuarta)
Reflexiones sobre: “Más allá
de la partidocracia: un nuevo equilibrio democrático”
La pregunta decisiva: ¿quién
debe ocupar un Senado renovado?
Si aceptamos que el Senado
actual no cumple una función clara, la siguiente cuestión es inevitable: ¿quién
debería ocuparlo para que sí la cumpla?
La respuesta no puede ser “los
mismos actores con otro nombre”. Tampoco puede ser una élite cerrada o un
conjunto de expertos sin legitimidad democrática. La clave está en encontrar un
equilibrio entre representatividad, independencia y competencia.
España tiene un recurso que no
está utilizando: su sociedad civil organizada. Instituciones que llevan
décadas —a veces siglos— trabajando, investigando, formando, creando tejido
social y profesional. Instituciones que no viven de la política, pero que
conocen de primera mano los problemas del país.
Ese es el punto de partida.
Instituciones vivas: un
patrimonio cívico que ya existe
Cuando hablamos de “sociedad
civil”, no hablamos de abstracciones. Hablamos de entidades concretas, con
trayectoria, con miembros, con responsabilidades y con prestigio. Entre ellas:
·
Colegios profesionales:
ingenieros, médicos, arquitectos, abogados, economistas, enfermería, trabajo
social…
·
Universidades y centros de investigación:
públicos y privados, con capacidad técnica y visión a largo plazo.
·
Asociaciones científicas y técnicas: que
trabajan en ámbitos como energía, transporte, salud pública, medio ambiente o
tecnología.
·
Organizaciones sociales y culturales: con
arraigo territorial y conocimiento directo de la realidad cotidiana.
·
Entidades cívicas de reconocido prestigio:
fundaciones, institutos de pensamiento, academias.
Estas instituciones no son
perfectas, pero tienen algo que la política profesional ha ido perdiendo: continuidad,
memoria, especialización y compromiso con su campo de trabajo.
¿Cómo se traduciría esto en
representación?
La idea no es que estas
instituciones nombren directamente a los senadores, sino que presenten
candidaturas vinculadas a su ámbito, que después serían votadas por la
ciudadanía. De este modo:
·
se mantiene la legitimidad democrática,
·
se evita la lógica partidista,
·
se garantiza pluralidad,
·
y se introduce un criterio de competencia y
experiencia.
El ciudadano no votaría siglas
políticas, sino proyectos de control y supervisión respaldados por
instituciones con trayectoria.
Criterios de inclusión: evitar
élites cerradas
Para que este modelo funcione,
es esencial establecer criterios claros y exigentes:
·
Antigüedad mínima:
evitar entidades creadas ad hoc.
·
Transparencia financiera y organizativa:
cuentas públicas, gobernanza clara.
·
Ausencia de ánimo de lucro: para
evitar intereses comerciales.
·
Pluralidad interna:
representación de distintos perfiles y sensibilidades.
·
Arraigo social o profesional:
número mínimo de miembros, actividad demostrada.
·
Incompatibilidad con cargos partidistas: para
preservar la independencia.
No se trata de crear una
cámara de “notables”, sino una cámara de instituciones vivas, con raíces reales
en la sociedad.
¿Qué aportaría esta
representación?
Un Senado así configurado
podría ofrecer algo que hoy falta en España:
·
Mirada técnica sin ser tecnocrática:
conocimiento sin desconexión social.
·
Independencia sin aislamiento:
instituciones que no dependen del Gobierno, pero sí de su prestigio público.
·
Continuidad sin inmovilismo:
mandatos limitados, pero con memoria institucional.
·
Control sin partidismo:
supervisión basada en datos, no en estrategias electorales.
Sería una cámara capaz de
evaluar políticas públicas, revisar grandes proyectos, exigir explicaciones y,
sobre todo, introducir una cultura de responsabilidad real.
Mirar hacia adelante: una
representación que complemente, no sustituya
Este modelo no pretende reemplazar al Congreso ni competir con él. Pretende complementarlo, aportando lo que la política profesional no puede ofrecer por sí sola: continuidad, especialización, independencia y una conexión directa con la sociedad civil.
En las próximas reflexiones
exploraremos qué poderes concretos debería tener esta cámara renovada, cómo
podría ejercer un control efectivo y qué mecanismos de revocación serían
compatibles con un sistema democrático sólido.
Porque, al final, la cuestión
no es solo quién gobierna, sino quién vigila que se gobierne bien.

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