De la queja a la
propuesta: hacia una democracia más adulta (Reflexión séptima)
Reflexiones sobre: “Más allá
de la partidocracia: un nuevo equilibrio democrático”
Un país que empieza a mirarse
con honestidad
España no es un país roto ni
un país sin futuro. Es un país que, como tantos otros, ha llegado a un punto en
el que necesita mirarse con más honestidad. Las instituciones que heredamos han
funcionado razonablemente bien durante décadas, pero hoy muestran signos de
agotamiento. No por culpa de una generación concreta, sino por la propia
evolución del sistema.
La democracia de partidos ha
permitido estabilidad, alternancia y pluralidad. Pero también ha generado
inercias, zonas de sombra y una distancia creciente entre la ciudadanía y
quienes gestionan lo público. La sensación de cansancio no nace de un rechazo a
la democracia, sino de la intuición de que podría funcionar mejor.
La responsabilidad como eje de
una democracia madura
En el fondo, todo lo que hemos
analizado en estas reflexiones gira en torno a una idea sencilla: la
responsabilidad importa. Importa en la gestión de infraestructuras, en la
planificación a largo plazo, en la transparencia, en la selección de cargos
públicos y en la rendición de cuentas.
Una democracia madura no se
define solo por votar, sino por cómo se gobierna entre elección y elección. Por
cómo se cuidan los bienes comunes. Por cómo se corrigen los errores. Por cómo
se evita que la negligencia se convierta en rutina.
Y para eso, hacen falta
instituciones que no vivan del ciclo electoral, que no dependan de la lógica
partidista y que puedan mirar la gestión con independencia y rigor.
Un Senado que podría ser algo
distinto
El Senado, tal y como está, es
una oportunidad perdida. Pero podría ser otra cosa: una cámara donde la
sociedad civil organizada —universidades, colegios profesionales, asociaciones
científicas y sociales— aporte conocimiento, continuidad y una mirada menos
condicionada por la urgencia política.
No para gobernar, sino para
vigilar que se gobierne bien.
No para competir con el
Congreso, sino para complementarlo.
No para sustituir a los
partidos, sino para equilibrarlos.
La idea no es revolucionaria.
Es, en realidad, profundamente conservadora en el mejor sentido: cuidar lo que
funciona y corregir lo que no.
Reformar sin destruir: una vía
posible
Proponer una cámara de control
ciudadano no implica romper el sistema. Implica reforzarlo. Implica
reconocer que la democracia no es un objeto estático, sino un organismo vivo
que necesita adaptarse. Implica aceptar que los partidos son necesarios, pero
no suficientes. Implica abrir espacio a instituciones que ya existen, que ya
trabajan y que ya representan a millones de personas sin necesidad de siglas.
La clave está en el
equilibrio:
·
control sin bloqueo,
·
independencia sin elitismo,
·
técnica sin tecnocracia,
·
participación sin ruido,
·
responsabilidad sin revancha.
Una invitación a pensar juntos
Estas reflexiones no pretenden
ofrecer un modelo cerrado. Pretenden abrir un espacio de conversación serena
sobre cómo mejorar lo que ya tenemos. España no necesita soluciones mágicas ni
discursos incendiarios. Necesita instituciones que funcionen, ciudadanos que
confíen y responsables públicos que respondan.
Quizá ha llegado el momento de
pasar de la queja a la propuesta. De la resignación a la responsabilidad. De la
democracia adolescente a la democracia adulta.
No se trata de soñar otro
país, sino de cuidar mejor el que ya tenemos.

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