Hablemos del Sahara, Entrada 2 — Somos átomos que recuerdan

Hablemos del Sahara, Entrada 2 — Somos átomos que recuerdan

Hay una frase que se repite en muchos libros de divulgación, desde Asimov hasta Sagan: estamos hechos de polvo de estrellas. La hemos escuchado tantas veces que corre el riesgo de convertirse en un eslogan vacío. Pero si la miramos con calma, si la dejamos reposar en la mente como una gota de agua sobre arena caliente, descubrimos que encierra una verdad que debería estremecernos.

Los átomos que forman nuestros huesos, nuestra sangre, nuestros pensamientos, nacieron en el interior de estrellas que murieron mucho antes de que existiera la Tierra. El calcio de nuestros dientes, el hierro de nuestra hemoglobina, el carbono que sostiene cada molécula de nuestro cuerpo… todo fue forjado en explosiones estelares que iluminaron un universo joven y turbulento.

Somos, literalmente, materia reciclada. Materia antigua. Materia que ha viajado durante miles de millones de años para llegar hasta aquí.

Pero hay algo aún más sorprendente: esa materia conserva una historia.

No en el sentido humano de la palabra, claro. Los átomos no guardan diarios ni evocan nostalgias. Pero llevan inscrita en su estructura la memoria del cosmos. Cada átomo de hidrógeno es un superviviente del primer segundo del universo. Cada átomo de carbono es el resultado de un equilibrio delicadísimo entre fuerzas nucleares. Cada átomo de oxígeno es el testimonio de una estrella que vivió, brilló y murió.

Cuando respiramos, inhalamos memoria cósmica. Cuando pensamos, organizamos esa memoria en patrones que llamamos ideas. Cuando amamos, cuando tememos, cuando recordamos nuestra infancia, lo hacemos con átomos que han pasado por soles extinguidos.

La conciencia —ese misterio que ni la física ni la filosofía han logrado descifrar del todo— es la forma que tiene el universo de contemplarse a sí mismo. Hawking lo insinuaba con su sobriedad característica: comprender el universo es comprender nuestro lugar en él. Sagan lo decía con más música: somos el cosmos tomando conciencia.

Y, sin embargo, vivimos como si fuéramos entidades separadas, como si nuestra existencia empezara en el nacimiento y terminara en la muerte. Como si fuéramos islas. Pero la ciencia nos muestra otra cosa: somos procesos, no objetos. Somos flujos de energía y materia que se reorganizan durante unas décadas para formar un ser humano, y luego se dispersan de nuevo en el ciclo eterno de la transformación.

La entropía —esa palabra que a muchos intimida— no es una amenaza, sino un recordatorio. Todo tiende al desorden, sí, pero la vida es precisamente la excepción: un pequeño remanso de orden temporal que se sostiene gracias a un flujo constante de energía. Somos estructuras improbables que luchan contra la dispersión, no para vencerla, sino para existir un instante.

Ese instante es nuestra vida.

Si miramos el Sahara desde esta perspectiva, su historia se vuelve aún más elocuente. El desierto actual es solo una fase en un ciclo mucho más amplio. Fue verde, será verde de nuevo. La Tierra no olvida; simplemente cambia. Y nosotros, que somos parte de ella, también cambiamos. También olvidamos y recordamos. También atravesamos nuestros propios desiertos y reverdeceres.

La ciencia nos enseña que no hay identidad fija, que no somos estatuas sino ríos. Que cada siete años, casi todos los átomos de nuestro cuerpo han sido reemplazados. Que lo único que permanece es la forma, el patrón, la danza.

Somos átomos que recuerdan la coreografía.

Quizá por eso la vida tiene ese sabor a milagro cotidiano. Porque, en el fondo, sabemos que no deberíamos estar aquí. Que la probabilidad de que un conjunto de átomos se organice para escribir, leer, amar, pensar o contemplar un atardecer es infinitesimal. Y, sin embargo, aquí estamos.

No somos el centro del universo, pero somos una de sus expresiones más improbables. No somos eternos, pero somos parte de algo que sí lo es. No somos dioses, pero somos la única forma conocida en la que la materia ha aprendido a preguntarse por su origen.

Somos átomos que recuerdan. Y ese recuerdo, aunque no sepamos nombrarlo, es lo que nos hace humanos.

 

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