Hablemos del Sahara, Entrada 3 — La vida contra la entropía


 

Hablemos del Sahara, Entrada 3 — La vida contra la entropía

Si uno observa el Sahara desde un satélite, lo que ve es un inmenso tapiz de arena, aparentemente inmóvil, extendido como una piel antigua sobre el norte de África. Pero esa quietud es engañosa. Bajo la superficie, el desierto es un escenario perfecto para comprender una de las leyes más profundas del universo: la entropía.

La entropía es, en esencia, la tendencia natural de todo sistema a desordenarse. Es la razón por la que una taza se rompe al caer, pero nunca se recompone sola. Es la razón por la que el calor fluye del cuerpo caliente al frío, y no al revés. Es la razón por la que el Sahara, una vez verde, acabó convirtiéndose en un desierto.

La entropía es el pulso del universo.

Y, sin embargo, en medio de esa corriente universal hacia el desorden, aparece algo extraordinario: la vida.

La vida es una anomalía estadística, un pequeño milagro termodinámico. No porque viole las leyes de la física —no lo hace—, sino porque las utiliza a su favor. Cada organismo vivo, desde una bacteria hasta un ser humano, es una estructura improbable que mantiene un orden interno a costa de aumentar el desorden a su alrededor. Para sobrevivir, necesita energía: luz, alimento, calor. Esa energía le permite mantener su forma, reparar daños, reproducirse, pensar.

La vida es un remanso de orden en un universo que tiende al caos.

Hawking lo explicaba con su sobriedad habitual: la flecha del tiempo es la flecha de la entropía. El tiempo avanza porque el desorden aumenta. Y la vida, en ese río que fluye hacia el caos, nada contracorriente durante un instante.

Ese instante somos nosotros.

Si miramos el Sahara desde esta perspectiva, su historia se vuelve aún más elocuente. Durante miles de años, fue un ecosistema vibrante, lleno de energía y diversidad. Luego, poco a poco, los procesos climáticos —impulsados por variaciones orbitales, cambios en los monzones y pérdida de humedad— lo empujaron hacia un estado más simple, más estable, más desordenado en términos biológicos.

El desierto es, en cierto sentido, un equilibrio. La vida es desequilibrio creativo.

Y eso nos lleva a una reflexión incómoda: la vida no es la norma del universo, sino la excepción. La mayor parte del cosmos es fría, oscura, vacía. La Tierra es un oasis improbable en un mar de silencio. Y nosotros, seres humanos, somos aún más improbables: estructuras de átomos que han aprendido a resistir el desorden durante unas décadas, a mantener un patrón, una forma, una memoria.

Somos pequeñas rebeliones contra la entropía.

Pero esta rebelión tiene un precio: la fragilidad. Todo lo vivo es vulnerable. Todo lo vivo necesita energía constante para no desmoronarse. Todo lo vivo está condenado a perder la batalla final contra el desorden. Y, sin embargo, la vida insiste. Se multiplica. Se adapta. Se transforma. Incluso en el Sahara actual, donde la entropía parece haber ganado, hay vida: insectos, reptiles, plantas diminutas que florecen tras una lluvia improbable.

La vida siempre encuentra un resquicio.

Quizá por eso nos conmueve tanto la existencia. Porque sabemos, aunque no lo digamos, que estamos hechos de equilibrio inestable. Que cada pensamiento, cada emoción, cada recuerdo es una organización temporal de átomos que, tarde o temprano, se dispersarán. Que nuestra conciencia es una llama breve alimentada por energía prestada.

Y, aun así, esa llama ilumina.

La entropía no es una enemiga. Es el telón de fondo que hace posible la vida. Sin desorden, no habría cambio. Sin cambio, no habría evolución. Sin evolución, no habría conciencia. La vida no lucha contra la entropía para vencerla, sino para existir un instante antes de entregarse de nuevo al flujo universal.

Ese instante es precioso.

Y quizá, al comprenderlo, podamos mirar nuestra propia vida con más humildad y más gratitud. Somos estructuras improbables en un universo que no promete nada. Somos orden momentáneo en un mar de caos. Somos un pequeño milagro termodinámico que respira, piensa y recuerda.

Somos vida contra la entropía.

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