La mujer del espejo:
una meditación sobre la belleza que cambia
La mujer se detuvo frente al
espejo como quien se detiene frente a un viejo conocido. No buscaba corregirse
ni adornarse; solo quería entender. La luz de la mañana caía oblicua sobre su
rostro y revelaba, con una sinceridad que no pedía permiso, los signos del
tiempo: una línea nueva, una sombra más profunda, un brillo distinto en los
ojos.
Durante un instante, sintió el
impulso antiguo de preguntarle al espejo, como en los cuentos: “¿Por qué ya no
soy como antes?”
Pero el espejo nunca habla. Solo
devuelve lo que ve. Y, sin embargo, algo en su silencio la obligó a mirar de
otra manera.
No vio arrugas. Vio
trayectorias. No vio flacidez. Vio gravedad. No vio pérdida. Vio
transformación.
Fue entonces cuando comprendió
—sin fórmulas, sin teorías, sin palabras prestadas— que su cuerpo no era un
objeto que se desgastaba, sino un patrón que cambiaba. Que la juventud había
sido un orden fácil, casi espontáneo, y que la vejez era un orden que exigía
más energía, más delicadeza, más verdad.
Recordó, sin saber de dónde
venía ese recuerdo, que los átomos de su piel no eran los mismos que la
acompañaron en su infancia. Que su cuerpo era un río que nunca se repetía. Que
la belleza que había tenido no era un tesoro perdido, sino una forma antigua de
sí misma, tan válida como esta.
El espejo seguía callado, pero
ella empezó a escuchar lo que siempre había estado ahí: Que la juventud es
simetría, pero la madurez es historia. Que la tersura es armonía, pero la
arruga es significado. Que la luz de los veinte años deslumbra, pero la luz de
los cincuenta ilumina hacia dentro.
Comprendió que no era menos
bella: era otra belleza.
Una belleza que ya no buscaba
aprobación, sino sentido. Una belleza que no nacía de la perfección, sino de la
resistencia. Una belleza que no pedía eternidad, sino presencia.
Y entonces, por primera vez,
no se miró para comparar, sino para reconocer. Reconoció a la niña que fue, a
la joven que soñó, a la mujer que luchó, a la que ama, a la que teme, a la que
recuerda. Todas estaban ahí, superpuestas como capas de un mismo rostro, como
anillos de un mismo árbol.
La juventud había sido un
comienzo. La vejez sería un paisaje. Y ella, en medio, era el tránsito.
El espejo no dijo nada. No
hacía falta.
La mujer sonrió, no con la
sonrisa de antes, sino con una más lenta, más honda, más suya. Y en ese gesto
comprendió que la belleza no se pierde: se desplaza. Que no se desvanece: se
transforma. Que no se marchita: se vuelve verdad.
Cerró los ojos un instante y
respiró. Cuando los abrió, el espejo seguía allí, fiel y silencioso. Pero ya no
le preguntaba nada. Porque, al fin, había aprendido a escucharse.

Comentarios
Publicar un comentario