Lo que Karol vio, lo
que China es
Hay libros que envejecen como
testigos, no como doctrinas. “La Segunda revolución china”, escrito por
K.S. Karol en los años sesenta, es uno de ellos. El periodista polaco,
simpatizante del comunismo, recorrió una China que se pensaba a sí misma como
un proyecto moral, igualitario, revolucionario. Lo que vio lo entusiasmó:
fábricas sin jerarquías, comunas rurales, jóvenes movilizados, una sociedad que
parecía querer rehacerse desde cero.
Hoy, esa China ya no existe.
Lo que queda es otra cosa: una potencia económica que ha hecho del capitalismo
de Estado su herramienta principal. El Partido sigue ahí, pero la revolución ha
sido sustituida por el crecimiento, la igualdad por la eficiencia, la
movilización por el control.
Karol admiró una China que
quería diferenciarse de la Rusia estalinista, que rechazaba la burocracia, promovía
la participación popular y buscaba una revolución permanente.
Pero el tiempo ha hecho su
trabajo. La China actual se parece más a la Rusia contemporánea que a la China
que Karol recorrió.
Ambas potencias han adoptado
formas de capitalismo de Estado: economías de mercado con sectores estratégicos
bajo tutela política, estructuras autoritarias que limitan la libertad
individual, narrativas nacionales que cohesionan y justifican el poder.
Si comparamos este Capitalismo de Estado con el Capitalismo Liberal, veremos que la diferencia no está solo en
los mecanismos económicos, sino en el tipo de sociedad que cada modelo permite.
El capitalismo liberal
—norteamericano o europeo entre otros— se basa en la libertad de empresa, pero
también en la libertad de expresión, en la alternancia política, en el derecho
a disentir. El capitalismo de Estado —chino o ruso— prioriza la estabilidad, el
control, la continuidad. La economía crece, pero la libertad se reduce.
Ambos modelos tienen
fortalezas, pero también debilidades. Y en los sistemas autoritarios, esas
debilidades son más profundas, porque no pueden ser corregidas desde dentro. No
hay prensa libre que las señale. No hay oposición que las cuestione. No hay
ciudadanía que las transforme.
Nuestra pregunta es: ¿Puede
sostenerse un modelo sin libertad?
La pregunta no es retórica. China
ha demostrado que se puede crecer sin democracia. Rusia ha demostrado que se
puede resistir sin pluralismo. Pero ambos modelos están construidos sobre una
tensión interna: la necesidad de controlar lo que, por naturaleza, tiende a
escapar.
En algún momento, esa tensión
puede volverse insostenible. No por presión externa, sino por desgaste interno.
Leer hoy a K.S. Karol no es
solo recuperar un testimonio. Es mirar el contraste entre lo que se soñó y lo
que se ha construido. Entre la revolución que prometía libertad colectiva y el
sistema que ha elegido el control como garantía de éxito.
China es hoy la segunda
potencia económica del mundo, pero no es la China que Karol admiró. Es otra. Y
quizá por eso su libro sigue siendo útil, porque nos recuerda que los proyectos
políticos también cambian de piel, y que no siempre lo hacen en la dirección
que sus fundadores imaginaron.

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