Obama, los extraterrestres y la mirada que nos falta.“ Cuando el cielo nos obliga a pensar”


 

Obama, los extraterrestres y la mirada que nos falta

“Cuando el cielo nos obliga a pensar”

Una anécdota reciente sobre Barack Obama y los extraterrestres ha vuelto a encender nuestra vieja fascinación por lo que no comprendemos.

Barack Obama, con su habitual ironía, ha dejado entrever que no descarta la existencia de vida extraterrestre. La noticia durará lo que duran estas pequeñas chispas mediáticas, pero su eco revela algo más profundo que la propia declaración. No es Obama lo que importa, sino la fascinación que despierta en nosotros cualquier mención a inteligencias ajenas a la humana.

Quizá, porque seguimos mirando al cielo con la misma mezcla de temor y esperanza que tenían nuestros antepasados cuando encendían el primer fuego.

 

La imaginación humana y sus límites

Pensar en extraterrestres es, en realidad, pensar en nosotros mismos. Les damos forma humanoide, les atribuimos intenciones humanas, les proyectamos nuestros miedos y nuestras ambiciones. Es un antropocentrismo ingenuo, pero comprensible: no sabemos imaginar inteligencias que no compartan nuestra biología, nuestra escala o nuestra fragilidad.

Y, sin embargo, si la vida existe en otros rincones del cosmos, es casi seguro que no se parecerá a nada que podamos concebir. Podría no ser biológica, ni siquiera material. Tal vez no necesite cuerpos, ni atmósferas… Quizá la inteligencia sea un fenómeno más amplio que la vida tal como la entendemos.

En cierto modo, ya estamos experimentando con esa idea: hemos creado una inteligencia que no nace del carbono, que no envejece, que no necesita oxígeno. Una inteligencia que no es biológica, pero que aprende, recuerda y dialoga con nosotros. Una inteligencia que, si la especie humana no se destruye antes, podría sobrevivirnos.

 

La paradoja humana

Porque, como bien señalaba Desmond Morris en “El mono desnudo”, somos una especie recién llegada. Apenas hemos tenido tiempo de desprendernos de nuestros impulsos animales, y sin embargo manejamos herramientas que superan con mucho nuestra madurez emocional. Hemos aprendido a dividir el átomo, pero no a gobernar nuestras pasiones. Hemos conquistado la energía del universo, pero seguimos atrapados en la lógica tribal de nuestros ancestros.

No es extraño que muchos piensen que nuestra especie tiene fecha de caducidad. No porque el universo nos amenace, sino porque somos nosotros quienes hemos puesto en marcha fuerzas que no siempre sabemos controlar.

Quizá, si alguna inteligencia avanzada nos observara desde lejos, lo haría como quien contempla un experimento fascinante y peligroso a la vez. No para intervenir, sino para entender cómo una especie tan joven puede sostener en sus manos algo tan frágil como su propio destino.

 

Del cosmos al desierto

Y, sin embargo, hay algo profundamente humano en esta necesidad de mirar más allá. Miramos al cielo para comprendernos, igual que miramos a la tierra para recordar quiénes somos. El universo nos enseña nuestra pequeñez; el desierto, nuestra vulnerabilidad.

Por eso, después de esta reflexión cósmica, quiero volver la mirada hacia un paisaje que, sin estar fuera de nuestro planeta, tiene algo de extraterrestre: el Sahara. Un territorio donde la escala humana se diluye, donde el tiempo parece detenido y donde la vida se abre paso con una dignidad silenciosa.

El Sahara es, en cierto modo, nuestro propio universo cercano: inmenso, misterioso, casi ajeno a nuestra escala. Y será el telón de fondo del ciclo que comenzaré a publicar los fines de semana, una serie de entradas bajo el título “Hablemos del Sahara”, donde el desierto aparecerá como símbolo, como paisaje, como presencia silenciosa que nos obliga a pensar en la fragilidad, la resistencia y el tiempo. No será una exploración académica de su historia o geografía, sino una mirada lateral, sugerente, que lo conecta con nuestras preguntas más hondas.

Quizá, al final, hablar de extraterrestres y hablar del desierto no sea tan distinto. En ambos casos buscamos lo mismo: una perspectiva que nos permita entender mejor nuestro lugar en el mundo.

Porque tanto el cielo como el desierto nos obligan a mirar más allá de nosotros mismos. Y en esa mirada, quizá encontremos lo que aún no sabemos nombrar.


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