Revisitar Furtivos: arte, política y los límites del realismo cruel



 


Revisitar Furtivos: arte, política y los límites del realismo cruel

Estos días he vuelto a ver Furtivos gracias a una reposición en un canal madrileño. Hacía años que no la veía y, sin embargo, su impacto sigue intacto. Es una película que no envejece porque no fue concebida para complacer: fue creada para incomodar. Y lo sigue haciendo, aunque por motivos distintos a los de 1975.

Lo primero que sorprende al revisitarla es su calidad cinematográfica. Borau construye un relato áspero, casi claustrofóbico, donde la naturaleza no es un decorado sino un personaje más. La interpretación de Lola Gaos —una de las más perturbadoras del cine español— sostiene una atmósfera de violencia latente que convierte la casa del bosque en una metáfora de un país encerrado en sí mismo. Ovidi Montllor, por su parte, encarna a un Ángel que es a la vez víctima y verdugo, atrapado en una red de dependencia emocional y brutalidad heredada.

Una alegoría política disfrazada de drama rural

Furtivos se estrenó en los últimos meses del franquismo, y su lectura política es evidente. La madre posesiva, autoritaria y cruel ha sido interpretada como una representación del propio régimen: un poder que devora a sus hijos, que controla, vigila y castiga. El bosque, aparentemente libre, está lleno de trampas. La violencia doméstica se convierte en una metáfora de la violencia institucional. Y la irrupción de Milagros introduce un elemento de cambio que el sistema no puede tolerar.

Borau logró sortear la censura porque la película se presenta como un drama rural, pero su simbolismo es transparente. Por eso ganó la Concha de Oro en San Sebastián: porque era una obra que hablaba del país sin nombrarlo, que retrataba el final de una época sin necesidad de discursos explícitos.

El impacto de verla hoy: la violencia real sobre los animales

Sin embargo, al verla en 2026, hay un elemento que destaca de forma distinta: la matanza real de ciervos filmada para la película. No se trata de efectos especiales ni de trucos de montaje. La cámara registra la muerte de animales reales, incluida la agonía de un ciervo viejo que cae lentamente, exhausto, ante el objetivo.

En los años setenta, este tipo de escenas se consideraban parte del realismo rural. Hoy, en cambio, nos obligan a reflexionar sobre los límites éticos del cine. La sensibilidad social ha cambiado, y también la legislación. La normativa actual sobre bienestar animal en rodajes prohíbe expresamente causar daño o muerte a animales con fines cinematográficos. Lo que entonces se veía como un recurso expresivo, hoy sería ilegal y, sobre todo, inaceptable culturalmente.

Esta distancia temporal ilumina algo importante: cómo evoluciona nuestra mirada sobre la violencia. Lo que antes se entendía como autenticidad, hoy se percibe como crueldad innecesaria. Y esa evolución no invalida la película, pero sí la contextualiza. Nos recuerda que el arte también es hijo de su tiempo, y que la ética de la representación cambia con la sociedad.

Una obra que sigue interpelando

Furtivos permanece como una pieza clave del cine español porque combina tres capas difíciles de sostener juntas:

·       Una narrativa poderosa, sostenida por interpretaciones memorables.

·       Una lectura política que retrata el final del franquismo con una lucidez simbólica extraordinaria.

·       Un realismo brutal que hoy nos obliga a pensar en los límites del arte y en la responsabilidad de quienes lo crean.

Revisitarla no es sólo un ejercicio cinéfilo. Es una forma de observar cómo cambian nuestras sensibilidades, cómo se transforman los marcos legales y cómo el cine, incluso cuando incomoda, sigue siendo un espejo de nuestras tensiones culturales.


Comentarios