Clara y la igualdad que
se construye - Entrada 3 — Clara y el ruido del discurso
Con el tiempo, Clara descubrió
que las barreras visibles no eran las únicas que tenía que atravesar. Había
otra, más sutil y más ruidosa: la de los discursos que intentaban decirle quién
debía ser.
Un día, mientras tomaba un
café en la oficina, escuchó a dos compañeras discutir acaloradamente.
—Las mujeres tenemos que
ocupar puestos de poder ya —decía una—. No podemos esperar a que nos dejen
subir. —No estoy de acuerdo —respondía la otra—. Hay que demostrar más que
ellos, porque si no, dirán que no lo merecemos.
Clara las escuchaba en
silencio. No porque no tuviera opinión, sino porque intuía que ambas tenían
parte de razón… y parte de ruido.
En redes sociales, el ruido
era aún mayor. Unos decían que las mujeres debían ser fuertes, implacables,
ambiciosas. Otros que debían ser libres, pero sin incomodar. Algunos afirmaban
que la igualdad ya estaba conseguida. Otros que aún faltaba todo por hacer.
Clara sentía que cada discurso
tiraba de ella hacia un lado distinto, como si ser mujer fuera un mapa lleno de
flechas contradictorias.
Una tarde, mientras volvía a
casa en metro, abrió un libro que llevaba semanas posponiendo. No buscaba
respuestas, solo silencio. Pero encontró algo mejor: una frase que decía que la
libertad empieza cuando una persona deja de vivir según lo que otros esperan de
ella.
Clara cerró el libro y respiró
hondo. Quizá la igualdad también empezaba ahí. No en repetir consignas. No en
elegir bando. No en gritar más fuerte que los demás. Sino en pensar por sí
misma.
Al día siguiente, en una
comida de trabajo, surgió el tema de siempre: cuotas, privilegios, techos de
cristal, discursos enfrentados. Todos hablaban con seguridad, como si cada uno
poseyera la verdad absoluta.
Clara, en cambio, habló con
calma. —Creo que la igualdad no es un eslogan —dijo—. Es una responsabilidad.
Quiero tener las mismas oportunidades, pero también quiero demostrar mi valía.
No quiero que me coloquen arriba por ser mujer, ni que me frenen por serlo.
Quiero llegar por lo que soy.
Hubo un silencio breve. No
incómodo, sino reflexivo. Clara no estaba atacando a nadie. No estaba negando
las barreras. No estaba rechazando la lucha. Solo estaba diciendo algo que a
veces se olvida: que la igualdad no es una guerra entre bandos, sino un camino
que cada persona recorre desde su libertad.
Esa noche, al llegar a casa,
Clara comprendió algo importante: el discurso externo podía ser útil,
inspirador, incluso necesario…pero no podía sustituir su propio criterio.
La igualdad como discurso
tenía luces y sombras. Pero la igualdad como decisión personal —esa que nace de
dentro— era la que realmente podía sostenerla.
Y Clara decidió que, a partir
de ese día, caminaría con menos ruido y más claridad.

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