Clara y la igualdad que
se construye - Entrada 7 — Clara y el espejo de la autovalía
Clara siempre había sido buena
en su trabajo. No perfecta, no infalible, pero buena. Sin embargo, cada vez que
alguien la felicitaba, respondía con frases automáticas:
—Fue suerte. — No es para
tanto. — Cualquiera lo habría hecho. — Solo hice mi parte.
Era una costumbre tan
arraigada que ni siquiera la cuestionaba. Hasta que un día, durante una
evaluación anual, su jefa le dijo: —Clara, tienes un problema serio.
Clara se tensó. —¿Qué
problema?
—No sabes reconocer tu propio
valor.
La frase la descolocó. Esperaba
una crítica técnica, no un diagnóstico íntimo.
—Cuando hablas de tus logros
—continuó la jefa—, los reduces. Cuando explicas tus proyectos, los minimizas.
Cuando te mencionan para un ascenso, tú misma pones peros. ¿Sabes qué ocurre?
Que algunos empiezan a creer que no eres tan buena como realmente eres.
Clara se quedó en silencio. No
porque no entendiera, sino porque entendía demasiado bien.
Esa tarde, al llegar a casa,
se miró al espejo. No para comprobar su aspecto, sino para observar algo más
profundo: la forma en que se hablaba a sí misma.
Recordó cuántas veces había
atribuido sus éxitos a factores externos. Cuántas veces había dejado que otros
se llevaran el mérito. Cuántas veces había dudado de sí misma antes de que
nadie más lo hiciera.
La igualdad también pasaba por
ahí: por no ser su propia barrera.
Al día siguiente, en una
reunión, presentó un informe complejo que había liderado durante meses. Cuando
terminó, uno de los directivos dijo: —Excelente trabajo, Clara. Muy completo.
Por primera vez, Clara no se
encogió de hombros ni desvió la mirada. Respondió con serenidad:
—Gracias. Ha sido un trabajo
exigente y estoy satisfecha con el resultado.
No sonó arrogante. Sonó justa.
Una compañera la miró con
sorpresa, como si no la reconociera. Clara sonrió. Quizá ella misma estaba
empezando a reconocerse.
Días después, la misma
compañera se acercó a su mesa.
—Clara, ¿cómo haces para
hablar así de tu trabajo sin sentirte… no sé… presumida?
Clara pensó un momento antes
de responder.
—No se trata de presumir
—dijo—. Se trata de no desaparecer. Si tú no reconoces tu valor, otros tampoco
lo harán. Y no porque no lo tengas, sino porque no lo muestras.
La compañera asintió, como si
esa frase le hubiera quitado un peso de encima.
Esa noche, Clara comprendió
algo esencial: la igualdad no solo se conquista afuera, en las estructuras, en
las oportunidades, en los discursos. También se conquista adentro, en la forma
en que una mujer se mira, se nombra y se reconoce.
El espejo no le devolvía una
heroína ni un símbolo. Le devolvía a una mujer que había trabajado, aprendido,
caído, avanzado. Una mujer que merecía ocupar su espacio sin pedir disculpas.
Y por primera vez, Clara se
miró sin restarse. Sin excusas. Sin miedo. Con verdad.

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