México, España y la política de la culpa - Entrada 1 — La pregunta imposible: ¿Quién debe pedir perdón a quién?
México, España y la
política de la culpa
Entrada 1 — La pregunta
imposible: ¿Quién debe pedir perdón a quién?
Hay preguntas que parecen
sencillas hasta que uno se atreve a mirarlas de frente. La exigencia de que
España pida perdón por la Conquista de México pertenece a esa categoría: una
pregunta que, al ser formulada, revela más sobre el presente que sobre el pasado.
No interpela a los hechos del siglo XVI, sino a las tensiones políticas del
siglo XXI. No busca comprender la historia, sino utilizarla como herramienta de
poder.
La cuestión, planteada así
—“ustedes deben disculparse por lo que hicieron sus antepasados”— parte de una
premisa que se desmorona en cuanto se examina con rigor: la idea de que existe
una culpa hereditaria, una continuidad moral entre personas separadas
por quinientos años, por mundos jurídicos distintos y por identidades que no se
parecen en nada a las de entonces.
La historia, sin embargo, no
funciona así. Las sociedades cambian, se mezclan, se transforman. Los actores
desaparecen y sus descendientes no heredan ni sus méritos ni sus crímenes. La
responsabilidad moral es individual, no transgeneracional. Y, sin embargo, el
debate público insiste en proyectar sobre los ciudadanos de hoy las sombras de
un pasado que no vivieron.
La pregunta, entonces, no es
si España debe pedir perdón. La pregunta es por qué se formula ahora,
quién la formula y con qué propósito.
Cuando uno observa la historia
con serenidad, descubre que la Conquista no fue un choque entre dos naciones
modernas, sino un encuentro brutal entre mundos premodernos. Los españoles que
llegaron con Cortés no representan a los españoles actuales, del mismo modo que
los mexicas no representan a los mexicanos contemporáneos. Aquellos hombres
vivían en un universo mental regido por el derecho de conquista, la expansión
territorial y la legitimación religiosa del poder. Juzgarlos con categorías del
siglo XXI es un ejercicio de anacronismo que solo conduce a la confusión.
Pero el problema no es solo
metodológico. Es también político. Porque quienes hoy reclaman disculpas no son
los descendientes directos de los pueblos sometidos por la Triple Alianza
mexica, ni las comunidades indígenas que siguen marginadas en el México profundo.
Son, en su mayoría, élites urbanas, mestizas o criollas, herederas del Estado
republicano que nació tras la independencia y que, durante dos siglos, ha
administrado —y a menudo perpetuado— la desigualdad que dice denunciar.
La exigencia de perdón opera
así como una transferencia simbólica de responsabilidad: desplaza hacia
un pasado remoto lo que pertenece al presente inmediato. Si la culpa de la
pobreza indígena es de Hernán Cortés, entonces el Estado contemporáneo queda
exonerado. Si el origen de la desigualdad está en 1521, no en 2026, la política
actual se libera de su obligación de transformar la realidad.
La pregunta imposible —¿quién
debe pedir perdón a quién?— se convierte entonces en un espejo que revela la
arquitectura del discurso. No se trata de justicia histórica, sino de gestión
del poder. No se trata de memoria, sino de identidad política. No se
trata de sanar heridas, sino de administrar resentimientos.
Y, sin embargo, la historia
ofrece una lección sencilla: ninguna nación madura construye su identidad sobre
la culpa heredada. España no exige disculpas a Italia por las guerras romanas,
ni a los pueblos germánicos por la caída del Imperio, ni al mundo islámico por
la conquista del 711. No porque aquellos episodios fueran benignos, sino porque
forman parte del tejido profundo de lo que somos. La historia no se repara: se
comprende.
Esta primera entrada abre el
ciclo con una invitación a la lucidez. Antes de analizar Mesoamérica, la
Conquista, las alianzas indígenas, la genealogía de los reclamantes o el uso
político del pasado, es necesario desmontar la premisa que sostiene todo el
debate: la idea de que el presente debe pedir cuentas por actos del pasado.
Solo cuando liberamos la
historia de la culpa podemos empezar a entenderla. Y solo cuando dejamos de
utilizarla como arma podemos empezar a dialogar como sociedades adultas.

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