México, España y la
política de la culpa
Entrada 5 — El
anacronismo como arma política
Una de las distorsiones más
frecuentes en el debate contemporáneo sobre la Conquista es la tentación de
juzgar el siglo XVI con las categorías morales del siglo XXI. Es un error
comprensible —la sensibilidad moderna está impregnada de derechos humanos, igualdad
jurídica y responsabilidad individual—, pero es un error profundo. La historia
no puede ser leída como si los actores del pasado hubieran vivido bajo nuestras
mismas normas, valores y horizontes mentales. Hacerlo no solo conduce a
conclusiones falsas, sino que convierte el pasado en un instrumento político
del presente.
En el mundo premoderno, la
expansión territorial, la guerra, la imposición religiosa y el sometimiento del
vencido eran prácticas universales. No existía un orden internacional que
prohibiera la conquista, ni un sistema moral que la considerara ilegítima. Los
mexicas ejercían sobre sus vecinos exactamente la misma lógica que los
castellanos sobre los suyos: tributo, control militar, legitimación religiosa y
dominio político. La diferencia no está en la moralidad, sino en la escala y en
el desenlace.
Aplicar a ese mundo criterios
contemporáneos es tan absurdo como exigir a los habitantes del siglo XVI que
respetaran convenciones que no existían. Es un anacronismo que convierte la
historia en un tribunal retroactivo, donde los acusados no pueden defenderse y
los jueces dictan sentencia con leyes promulgadas siglos después.
Pero el problema no es solo
metodológico. Es también político. El anacronismo permite construir un relato
de víctimas y culpables que resulta útil para la confrontación identitaria. Si
los españoles actuales son presentados como herederos morales de los conquistadores,
y los mexicanos contemporáneos como representantes de un pueblo indígena
homogéneo, entonces la historia se convierte en un campo de batalla simbólico
donde cada cual proyecta sus intereses presentes. La verdad histórica queda
relegada a un segundo plano.
España ofrece un ejemplo
elocuente de cómo una sociedad madura integra su pasado sin convertirlo en un
arma. La península ibérica fue conquistada, sometida y transformada en
múltiples ocasiones a lo largo de su historia. Roma impuso su dominio tras
guerras devastadoras, destruyó ciudades enteras y reorganizó el territorio
según sus intereses. Los pueblos germánicos ocuparon el vacío dejado por el
Imperio y establecieron nuevas élites militares. Los árabes conquistaron casi
toda la península en pocos años, instauraron tributos y reconfiguraron la
estructura social. Más tarde, los reinos cristianos avanzaron hacia el sur en
un proceso largo y violento que también implicó desplazamientos, imposiciones y
rupturas.
Y, sin embargo, ninguna de
estas heridas históricas se ha convertido en una reclamación política
contemporánea. España no exige disculpas a Italia por las legiones romanas, ni
a Alemania por los visigodos, ni a los países árabes por la conquista del 711.
No porque aquellos episodios fueran benignos —no lo fueron—, sino porque forman
parte del tejido profundo de lo que hoy es España. La historia no se repara: se
asume. No se convierte en un arma: se convierte en memoria.
Esa actitud no implica olvido,
sino madurez. Implica comprender que las sociedades actuales no son
responsables de los actos de sus antepasados remotos, del mismo modo que
tampoco pueden reclamar méritos por logros que no vivieron. La identidad
contemporánea no es una herencia moral, sino una construcción histórica
compleja donde confluyen múltiples capas de tiempo.
El anacronismo, cuando se
utiliza como herramienta política, empobrece la comprensión del pasado y
distorsiona el presente. Reduce la historia a un relato de buenos y malos, útil
para movilizar emociones, pero inútil para comprender procesos. Y, sobre todo,
impide que las sociedades se reconozcan en su complejidad, en su mestizaje, en
su pluralidad de orígenes.
Liberar la historia del
anacronismo es un acto de responsabilidad intelectual. Y es también un paso
necesario para que el diálogo entre México y España deje de estar condicionado
por fantasmas que no pertenecen a ninguno de los dos pueblos actuales.

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