México, España y la política de la culpa - Entrada 7 — El uso político del pasado en México contemporáneo


 

México, España y la política de la culpa

Entrada 7 — El uso político del pasado en México contemporáneo

La historia, cuando se manipula, no es un espejo: es un arma. Y pocas armas son tan eficaces como el agravio. El pasado, convertido en relato emocional, permite movilizar identidades, dividir sociedades y desplazar responsabilidades. En México, la Conquista se ha transformado en un recurso político recurrente, activado cada vez que el poder necesita cohesionar a su base, desviar la atención o reconfigurar el debate público. No es un fenómeno nuevo, pero en los últimos años ha adquirido una intensidad particular.

La exigencia de disculpas a España no nace de un interés historiográfico ni de un deseo genuino de reconciliación. Nace de la utilidad política de un enemigo externo. Señalar a un actor lejano —geográfica, temporal y emocionalmente— permite construir un relato simple: “los males del presente tienen su origen en una injusticia fundacional”. Es un mecanismo que libera al poder contemporáneo de la carga de explicar sus propios fracasos. Si la pobreza indígena es consecuencia directa de 1521, entonces no es necesario rendir cuentas por la falta de infraestructura, por la corrupción, por la desigualdad o por la ausencia de políticas públicas eficaces.

El agravio colonial funciona como una cortina de humo. Mientras la opinión pública discute sobre Hernán Cortés, los problemas estructurales del país quedan relegados. La historia se convierte en un escenario donde se libran batallas simbólicas que no transforman la realidad material. Y, sin embargo, esas batallas cumplen su función: desplazan el foco, polarizan el debate y consolidan identidades políticas.

La creación del enemigo externo es una técnica clásica de la retórica populista. Permite dividir a la sociedad entre “los defensores de la patria” y “los aliados del opresor”. Quien cuestiona la narrativa oficial es acusado de traición cultural. Quien pide rigor histórico es señalado como cómplice del colonialismo. La complejidad desaparece. La historia se simplifica hasta convertirse en un instrumento de lealtad política.

Pero el uso del pasado no solo sirve para dividir: también sirve para unificar. En un país marcado por profundas desigualdades, por tensiones regionales y por una diversidad cultural inmensa, el agravio colonial ofrece un relato común. Es un mito de origen negativo: “todos fuimos víctimas”. Ese mito permite construir una identidad nacional homogénea que, paradójicamente, invisibiliza la pluralidad real del país. El indígena vivo, con su lengua, su territorio y su autonomía, queda subsumido en una narrativa que lo utiliza como símbolo, no como sujeto.

El problema no es que se recuerde la Conquista. El problema es que se recuerde mal. Que se utilice como herramienta de confrontación en lugar de como objeto de estudio. Que se invoque para justificar el presente en lugar de para comprender el pasado. Que se convierta en un recurso electoral en lugar de en un espacio de reflexión histórica.

La política del agravio es eficaz, pero es también profundamente empobrecedora. Reduce la historia a un repertorio de emociones manipulables. Impide que las sociedades se reconozcan en su complejidad. Y, sobre todo, bloquea la posibilidad de construir un futuro compartido basado en la responsabilidad presente, no en la culpa heredada.

El pasado no debe ser un refugio ni un arma. Debe ser un conocimiento. Y solo cuando se lo libera de su instrumentalización política puede convertirse en una herramienta de madurez cívica.

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