¿Nadie asesora al Presidente del Gobierno o el Presidente no quiere asesoramiento?


 

¿Nadie asesora al Presidente del Gobierno o el Presidente no quiere asesoramiento?

El ejercicio del poder en una democracia consolidada no solo exige idoneidad técnica en la toma de decisiones; exige, sobre todo, un sentido profundo de la oportunidad política, la presencia institucional y la jerarquía de prioridades. La gravedad de las responsabilidades que la Constitución asigna al Presidente del Gobierno no admite paréntesis de inhibición ni desplazamientos simbólicos que desconecten a la cúspide del Ejecutivo de la realidad nacional.

Sin embargo, el contraste que vivimos en España entre la severidad de los hechos en el Flanco Sur y la agenda del Jefe del Ejecutivo plantea una inquietante disyuntiva: o bien la estructura de análisis y gabinete que rodea a la Presidencia padece un diagnóstico fallido, o bien el Presidente ha decidido voluntariamente operar al margen de todo consejo, priorizando una desconexión personal en la finca de La Mareta frente al epicentro de la mayor crisis de seguridad y cohesión cívica que afronta nuestro país.

Mientras en la frontera de Ceuta la presión migratoria sobrepasa cualquier estándar de capacidad de carga asistencial, desbordando en un mil por ciento las capacidades de tutela de menores, tensionando los servicios sanitarios y exponiendo la fragilidad de nuestra frontera exterior europea, el centro de gravedad del Gobierno no se ha desplazado allí donde la soberanía nacional se pone a prueba. Ha quedado relegado a la inercia administrativa de la distancia.

El centro político de España debía estar en Ceuta

Frente a un desafío humanitario, fronterizo e institucional de esta magnitud, la respuesta del Estado no puede limitarse a la gestión de expedientes a distancia ni al cruce de declaraciones entre ministerios. La gravedad de la situación exigía una señal inequívoca de firmeza, Estado y presencia física.

Ha llegado la hora de preguntarse por qué el Presidente del Gobierno, acompañado de sus ministros de Asuntos Exteriores, Interior, Defensa e Inclusión, no fijó el centro político de España en Ceuta. El histórico Hotel La Muralla no debería haber sido un mero espacio hostelero de paso, sino la sede operativa del Gabinete de Crisis de la Nación; la oficina desde la cual el Gobierno en su conjunto proyectara hacia el resto de la Unión Europea y ante la opinión pública internacional que Ceuta no es una periferia olvidada, sino la frontera misma del proyecto constitucional y europeo.

Hacer política de Estado significa estar donde el problema acucia. Implica liderar sobre el terreno, coordinar de primera mano la respuesta asistencial y de seguridad, garantizar la protección del interés superior del menor mediante recursos estatales directos y transmitir a la ciudadanía ceutí y a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado la certidumbre de que no están solos frente a la marea.

El coste del repliegue simbólico

Frente a la exigencia de este despliegue, el espectáculo de una estancia estival de alto coste logístico en Lanzarote proyecta un mensaje de profunda desconexión. No se trata únicamente del debate sobre las facturas de manutención, el despliegue de seguridad o los gastos de conservación de la residencia oficial de Patrimonio Nacional; el coste verdaderamente inasumible es el de la erosión de la confianza pública.

Cuando la distancia entre el sufrimiento de una ciudad fronteriza desbordada y el descanso del gobernante se mide en la frialdad de las cifras y los comunicados oficiales, el contrato social se resquebraja. Un Estado que exige corresponsabilidad, rigor normativo y cumplimiento cívico a sus ciudadanos no puede permitirse la imagen de un liderazgo atrincherado en la comodidad institucional mientras las costuras de su frontera sur se deshilan.

Si nadie en el entorno de la Moncloa supo ver que el lugar del Presidente estaba en Ceuta, estamos ante un fallo sistémico de asesoramiento político. Si, por el contrario, la advertencia existió y fue desatendida, nos encontramos ante una voluntaria renuncia al deber de presencia. En ambos casos, el resultado es el mismo: una irresponsabilidad política que priva a España de la respuesta de Estado que la gravedad del momento exige. Es hora de rectificar el rumbo, asumir la realidad sin eufemismos y devolver al Gobierno al lugar donde se juega el futuro de la nación.

Comentarios