Ciclo sobre Fraude en la financiación del Consumo: Entrada 2 — Cuatro países, cuatro modelos: así luchaba Europa contra el fraude en 2011
Entrada 2 — Cuatro
países, cuatro modelos: así luchaba Europa contra el fraude en 2011
Ciclo sobre: “Fraude en la
financiación del Consumo: lo que aprendimos, lo que cambió y lo que sigue
pendiente”
Cuando uno mira hacia atrás y
repasa cómo combatía Europa el fraude en 2011, descubre un mosaico
sorprendente. No había un modelo europeo. No había un estándar común. Había,
más bien, cuatro o cinco Europas distintas, cada una con su propia forma de
entender la prevención, la verificación y el intercambio de información.
Ese paisaje fragmentado
explica muchas cosas: por qué el fraude se desplazaba de un país a otro, por
qué algunas entidades estaban mejor protegidas que otras y por qué España, pese
a su experiencia y profesionalidad, trabajaba con herramientas más limitadas
que sus vecinos.
Lo que sigue no es un
inventario exhaustivo, sino una mirada comparada a los modelos más
representativos. Cada uno de ellos revela una forma distinta de entender la
colaboración, la tecnología y el equilibrio entre privacidad y seguridad.
Países Bajos: el modelo más
avanzado
En 2011, los Países Bajos eran
el ejemplo más sólido de cooperación sectorial. Su sistema IFI —el Sistema de
Información de las Instituciones Financieras— llevaba funcionando desde 1990 y
había sido ampliado y aprobado por la autoridad de protección de datos.
Su lógica era sencilla y
poderosa:
• registrar incidentes y sospechas graves,
• compartirlos entre bancos y aseguradoras,
• permitir consultas controladas,
• y garantizar que solo los departamentos especializados
accedieran al detalle.
Era un sistema maduro,
auditado y aceptado institucionalmente. No era perfecto, pero funcionaba. Y,
sobre todo, demostraba que la colaboración era posible dentro de un marco legal
exigente.
Reino Unido: la colaboración
en estado puro
Si los Países Bajos eran el
modelo más estable, Reino Unido era el más ambicioso. Allí existían dos
herramientas que, vistas desde España, parecían casi ciencia ficción:
• CIFAS, una base negativa basada en reciprocidad, donde las
entidades compartían casos confirmados de fraude.
• HUNTER, una base mixta (positiva y negativa) gestionada por
Experian, capaz de detectar anomalías en solicitudes mediante reglas
sofisticadas.
Ambas tenían algo en común: eran
sistemas cerrados, exigentes y auditados, donde solo participaban quienes
aportaban información.
Reino Unido había entendido
antes que nadie que el fraude no se combate en solitario. Y había construido un
ecosistema donde bancos, financieras, aseguradoras y telcos compartían señales
de riesgo con naturalidad.
Italia: verificación
institucional y múltiples registros
Italia ofrecía un modelo
distinto, más fragmentado, pero también más rico en fuentes. Allí coexistían:
• tres registros de crédito (CRIF, Experian y CTC),
• bases públicas para verificar el código fiscal,
• bases de identidades robadas,
• y un organismo central para el fraude en medios de pago.
Italia tenía algo que España
no tenía: acceso institucional a datos básicos de identidad. Esa diferencia,
que puede parecer menor, marcaba una distancia enorme en la capacidad de
detectar suplantaciones.
Además, Italia avanzaba hacia
un sistema interconectado entre administraciones públicas y entidades
financieras. No llegó a desplegarse con toda la ambición prevista, pero
mostraba un camino posible.
Alemania: potencia
tecnológica, freno regulatorio
Alemania era un caso singular.
Tenía herramientas sectoriales potentes:
• HIS para seguros,
• bases de fraude en telecomunicaciones,
• y la FPN, una red impulsada por SCHUFA y la industria del
crédito.
Pero había un obstáculo: la
legislación alemana de protección de datos era una de las más estrictas de
Europa. La FPN, por ejemplo, no podía operar plenamente sin una normativa
específica que nunca llegó a consolidarse.
Alemania tenía capacidad
técnica, pero su marco jurídico frenaba la colaboración. Era un recordatorio de
que la tecnología no basta si el entorno regulatorio no acompaña.
¿Y España? El país que más
necesitaba herramientas y menos acceso tenía
España tenía talento,
experiencia y voluntad. Tenía también iniciativas pioneras como PERSUS y FODI.
Pero carecía de algo esencial: acceso a datos públicos para verificar la
identidad y la información declarada por los solicitantes.
La interpretación restrictiva
de la Directiva 95/46/CE impedía:
• verificar direcciones,
• contrastar ingresos,
• comprobar documentos oficiales,
• o acceder a bases públicas de identidad.
Y, para colmo, el
consentimiento era obligatorio incluso en casos de fraude. Una paradoja que yo
mismo señalé entonces: el defraudador daba el consentimiento y el titular real
quedaba desprotegido.
España no estaba peor
preparada técnicamente. Estaba peor posicionada jurídicamente. Y eso
condicionaba todo.
Cuatro modelos, una conclusión
Mirado desde 2026, aquel mapa
europeo explica por qué el fraude se movía con tanta facilidad entre países.
Donde había colaboración, el fraude encontraba resistencia. Donde no la había,
encontraba oportunidades.
El informe EUROFINAS‑ACCIS no solo describió esa
diversidad. La hizo visible. Y, al hacerlo, permitió que cada país —incluida
España— empezara a pensar en su propio modelo, sus carencias y sus
posibilidades.
Esa es la historia que cuenta
esta segunda entrada: la historia de una Europa que luchaba contra el fraude
con herramientas desiguales, y de un sector que empezaba a comprender que la
colaboración no era un lujo, sino una necesidad.

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