Ciclo sobre Fraude en la financiación del Consumo: Entrada 1 — 2011: Cuando Europa descubrió que el fraude era un problema sistémico
Entrada 1 — 2011:
Cuando Europa descubrió que el fraude era un problema sistémico
Ciclo sobre: “Fraude en la
financiación del Consumo: lo que aprendimos, lo que cambió y lo que sigue
pendiente”
Había una sensación extraña en
el sector financiero europeo en 2011. La crisis había dejado al descubierto
fragilidades que parecían impensables unos años antes: consumo deprimido,
crédito restringido, morosidad creciente y una incertidumbre que atravesaba a
bancos, financieras y consumidores. En medio de ese paisaje, el fraude —que
siempre había estado ahí, silencioso, subterráneo— empezó a mostrar su
verdadera dimensión.
Fue en ese contexto cuando
EUROFINAS y ACCIS publicaron su informe sobre fraude en la financiación del
consumo. No era un documento más. Era, en cierto modo, la primera fotografía
europea de un fenómeno que hasta entonces se había tratado como un asunto doméstico,
casi anecdótico, y que de pronto revelaba su carácter estructural.
Lo que mostraba el informe era
contundente. El fraude no era un problema marginal ni un daño colateral de la
crisis. Era un riesgo sistémico que afectaba a la confianza, a la solvencia y a
la propia arquitectura del crédito al consumo. Y, sobre todo, era un riesgo que
se movía con rapidez entre países, aprovechando las diferencias regulatorias,
las lagunas de verificación y la falta de colaboración entre instituciones.
En España, esa constatación
tenía un peso especial. La morosidad ocupaba todas las conversaciones, pero el
fraude quedaba diluido en esa categoría, como si fuera una variante más del
impago. El informe ayudó a separar ambos conceptos: la morosidad es un fenómeno
económico; el fraude, un fenómeno criminal. Y esa distinción, que hoy parece
evidente, no lo era entonces.
El documento también mostraba
algo que hoy, con la perspectiva del tiempo, resulta casi premonitorio: la
enorme fragmentación europea. Cada país tenía su propio modelo, sus propias
bases de datos, sus propias reglas de acceso y sus propios límites. Reino Unido
era el más avanzado, con sistemas colaborativos maduros. Los Países Bajos
habían construido un mecanismo sólido y aprobado por su autoridad de protección
de datos. Italia combinaba registros públicos y privados con una agilidad que
en España resultaba impensable. Alemania avanzaba, pero con frenos
regulatorios. Y España… España tenía talento, voluntad y experiencia, pero
carecía de acceso a datos públicos y dependía del consentimiento del titular
incluso en casos de fraude.
El informe no solo describía
la situación. También hacía algo más importante: ponía nombre al problema. Y
cuando un sector es capaz de nombrar un riesgo, empieza a poder gestionarlo.
Mirado desde 2026, aquel
documento tiene un valor especial. No solo por lo que decía, sino por lo que
anticipaba. La digitalización, que entonces avanzaba a un ritmo más lento,
multiplicaría después las modalidades de fraude: identidades sintéticas,
documentos manipulados digitalmente, ingeniería social, suplantación
biométrica, fraude en plataformas y en BNPL (Buy Now, Pay Later- Compra
ahora, paga después). Pero las raíces del problema ya estaban ahí, claramente
expuestas.
En aquel momento, desde ASNEF,
entendimos que el informe no era un diagnóstico ajeno, sino una invitación a
actuar. Era necesario construir una visión sectorial, compartir información,
diferenciar fraude y morosidad, y acercar la problemática a las instituciones
públicas. Era necesario, en definitiva, asumir que la prevención del fraude no
era un asunto técnico, sino una responsabilidad colectiva.
Hoy, al releer ese informe,
uno comprende que fue más que un documento. Fue un punto de inflexión. Un
recordatorio de que el fraude no se combate solo con tecnología, sino con
colaboración, claridad conceptual y una comprensión profunda del riesgo.
Y también fue, para quienes
trabajábamos entonces en la financiación del consumo, una llamada a pensar en
el futuro. A entender que la protección del crédito —y de los ciudadanos que lo
utilizan— exige una vigilancia constante, una capacidad de adaptación y una
voluntad de cooperación que trasciende a cada entidad.
Esa es la historia que abre
esta serie. La historia de un informe que llegó en un momento difícil, pero que
ayudó a iluminar un camino que aún hoy seguimos recorriendo.

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